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99 fotos que me conmovieron

Por Rafa Badia

Estamos conformados por nuestras vivencias. Somos lo que somos por lo que hemos vivido, por todo aquello que se aloja en nuestra memoria. También por lo que se esconde en nuestro inconsciente. Nuestro bagaje vital procede, en gran medida, de lo que hemos experimentado en primera persona y del relato oral de quienes nos rodean. Pero también somos los mensajes elaborados por otros seres humanos a los que, seguramente, nunca conoceremos en persona. Allí están, próximos, casi íntimos, aunque objetivamente distantes, en la lejanía de los kilómetros y los años, cuando no de los siglos.

Somos lo que vivimos, pero también la literatura, la música, el cine o el arte al que hemos dedicado interés y una parte de nuestro tiempo. Los discursos creativos ajenos nos sirven de cemento, con ellos pegamos los ladrillos vivenciales que conforman el muro de nuestra existencia.

La fotografía, como medio expresivo, no es excepción a la norma. Para mí, que comencé a apasionarme por las fotos a los 13 años, las instantáneas de Edward Weston, Robert Frank o Nan Goldin, por poner sólo tres autores, son importantes más allá del placer estético o la necesidad informativa. Las he hecho mías, me han ayudado a resolver dudas, también me han conferido ánimo en momentos difíciles. En ocasiones me han provocado desazón, ya que me han respondido a cuestiones con otra preguntas; incluso me han revelado cosas que no quería aceptar. Pero eso forma parte del juego.

Es imposible reducir a un número todas las fotos y autores que me han conmovido a lo largo de los años. Lo dejaremos en 99 (una foto y sólo una por cada autor) de todos los géneros y épocas de un medio que comenzó su andadura hace ya 175 años.

Es obvio que se trata de una selección no sólo incompleta, sino también perfectamente subjetiva. Basta un rápido repaso de las seleccionadas para adivinar mis filias y mis fobias. En mi caso es patente la atracción por la fotografía documental del siglo XX europea y norteamericana; el gusto por la fotografía callejera, la mirada humanista; también el diario íntimo fotográfico.

Otro buen indicativo de mi particular labor recolectora es reparar en la fecha en que descubrí cada una de las fotografías: la mayoría de las imágenes comentadas entraron en mi vida durante mi periodo formacional, es decir, antes de cumplir 25 años. Durante los veinticinco siguientes sólo he ido ampliando la base, incorporando autores e imágenes "consonantes" con mi primer cuarto de siglo. Además, casi todas ellas las conocí a través de exposiciones y foto-libros. Tengo la impresión que se adhieren mejor a la memoria que si se ven en la pantalla de un ordenador.

La mía es una selección personal perfectamente extrapolable a la experiencia de muchas personas. Habla de mí, pero eso sólo es una anécdota: podrían hablar de cualquier aficionado a la fotografía. Es un acto exhibicionista, en tanto que se relatan acontecimientos y hechos fundamentales de mi pasado; pero también se trata de un ejercicio de pudor, ya que me "escondo" tras imágenes ajenas de autores que admiro.

Esta selección también es un caso flagrante de apropiación, puesto que decoro mi existencia con el fruto del talento y del trabajo de los fotógrafos que las hicieron. Incluso me permito un ejercicio de latrocinio añadido, ya que casi todos los títulos que aparecen son invenciones mías. Como pliego de descargo argumentaré que el robo no responde a una voluntad de servirme del prestigio ajeno, sino a una debilidad: afirmarme como persona.

Ésta es una propuesta abierta, como el número 99, incompleto según nuestra mentalidad decimal. Quedarse al borde del 100 es una invitación tácita a proseguir en la búsqueda: ojalá haya lectores que se animen a seleccionar y comentar sus 99 imágenes favoritas. Esas que ya son parte de su vida.

1) Charis Wilson, por EDWARD WESTON

Tuve claro que quería ser fotógrafo desde la primera vez que vi este desnudo de Charis Wilson, modelo, musa y amante de Edward de Weston. Para mí esta foto de una mujer joven posando bajo el sol californiano representaba la fusión entre la fuerza creadora y el deseo de vivir. Era la perfecta promesa de sexo y felicidad para un chaval de 13 años recién llegado de Canarias, que aún trataba de adaptarse a una ciudad de inviernos duros y ambiente crispado, aquel Madrid de la Transición.

Décadas más tarde leí en los diarios de Weston que en los Estados Unidos de los años 30 era ilegal enviar imágenes "pornográficas", es decir, desnudos en los que apareciera el vello púbico, aunque fuera un solo pelo. Por ello el fotógrafo, si vendía una copia, debía, literalmente, mirarlas con lupa antes de meterlas en un sobre y confiar el transporte al servicio postal. En este caso, las copias debían entregarse en mano.

2) Reflejo en el escaparate, por LISETTE MODEL

La primera vez que vi esta foto fue en la cubierta de una novela (en realidad una espléndida crónica periodística) de Joseph Mitchell titulada El secreto de Joe Gould, editada por Anagrama, allá por el año 2000. Años más tarde reparé en que era una foto de la amiga, maestra y mentora de Diane Arbus.

Model tiene dos tipos de imágenes características: por un lado los personajes pintorescos y/o estrafalarios, retratados en un estilo similar al de Weegee o / su discípula; por otro, composiciones que recogen seres anónimos (a veces sólo sus piernas o su siluetas reflejadas en los escaparates) atrapadas en el trasiego de la gran ciudad, es decir, Nueva York. Yo me quedo, de largo, con estas últimas.

3) El primer (auto)retrato, por ROBERT CORNELIUS

Conocí hace poco, gracias a Alberto Prieto, este daguerrotipo realizado en 1839, que se considera el primer retrato (y autorretrato) conocido. Cornelius, un americano de origen holandés, fue el primero que giró la cámara hacia sí mismo, demostrándonos la maravilla de la fotografía; su capacidad de trascender a la muerte. Han pasado 175 años y sigue tan campante, con expresión entre socarrona y extrañada.

No puedo evitar relacionar esta imagen con las contemporáneas de los perfiles de las redes sociales. También con los retratos de los arrogantes músicos de rock, sobre todo los británicos, que sufren de lo que denomino el "síndrome de Dorian Grey": ése posar mirando a la cámara como si le perdonaran la vida a sus fans, creyendo que son el colmo del estilo. Deberían aprender de Cornelius y su despeinado a prueba de modas.

4) Guerrilleros sandinistas, por SUSAN MEISELAS

La revolución en Nicaragua de 1979 resumida en una foto. Cuando la vi por primera vez, a mis 15 ó 16, me sorprendió por su dualidad: contemporánea y clásica a la vez, ya que los insurgentes me parecían modernos zapatas y panchos villa. De ponerle banda sonora se encargaron The Clash, que poco después editaron su Sandinista!.

En mi caso, además, todo este imaginario de insurgencia lo sentía como una realidad cercana, ya que las fotos de esta revolución nicaragüense parecían tener lugar en escenarios similares a Taco, La Cuesta o Valleseco, barriadas populares de mi Santa Cruz de Tenerife natal. Ya de adulto he reencontrado en el Caribe (ya sea sobre el terreno, o a través de las fotos de Alex Webb y David Alan Harvey) las casas "terreras" de mi infancia, como parte de un modelo de la arquitectura y urbanismo, el colonial español.

5) La tuba de América, por ROBERT FRANK

Una de las fotos más enigmáticas de The Americans, el foto-libro por antonomasia (al menos en mi opinión). Ya han pasado treinta años desde que Daniel Canogar, compañero de facultad, apareciera con un ejemplar bajo el brazo y, marcase, sin él pretenderlo, un antes y un después en mi relación con la fotografía. La he visto miles de veces, y nunca me ha cansado. Esta foto, de apariencia descuidada en términos compositivos, expresa perfectamente la alienación humana.

A lo largo de los últimos 15 años he hablado extensamente, en mi condición de profesor, de las 83 fotografías que componen el proyecto de Frank. A pesar de haberlas visto una y otra vez, tengo la sensación de que camino sobre terreno resbaladizo: las fotos de The Americans no son respuestas visuales, sino interrogantes, preguntas abiertas, por lo que no se puede hablar a ciencia cierta del significado y valor de las mismas. Yo, al menos, no me atrevo a hacerlo, a pesar de que para mí reflexionar sobre ellas se haya convertido en una "rutina académica", en el mejor sentido de la palabra.

6) El primero de un millón de besos, por ELLIOT ERWITT

Una imagen utilizada casi hasta la saciedad para representar el principio de un amor. Así y todo, resiste el paso de las décadas. Todavía me pregunto si el francés nacionalizado norteamericano los pilló "in fraganti" o si hay algo de puesta en escena. A pesar de que tenía el póster en mi dormitorio de estudiante, para mí esta foto viene asociada al disco The first of a million kisses, de Fairground Attraction.

Como la música de este grupo acústico, la imagen de Erwitt adquiere, con el paso de los años, una carga agridulce añadida. Al verla hoy no puedo evitar el mirar hacia atrás, asociándola a mi propia experiencia personal. Entre el grano de la película en blanco y negro se funden muchos momentos de felicidad en pareja; pero también los errores, el deterioro y el amargo final de una relación que se prolongó durante dos décadas.

7) Ritual de aguja, por LARRY CLARK

No es, ni mucho menos, la foto más dura del proyecto autobiográfico Tulsa, desarrollado por Clark entre 1963 y 1971. Tal vez porque conocí esta foto recién acabados mis estudios universitarios, cada vez que la veo no puedo evitar acordarme y preguntarme que habrá sido de varios compañeros de instituto y de facultad que, como dice Alberto García-Alix, "apostaron decididamente a perder".

A pesar de que en mi pandilla nunca hubo verdadero interés por las drogas, el discurso gráfico de Larry Clark no me resulta/completamente ajeno: yo también/experimenté el tedio y la frustración juvenil con mis compañeros del barrio/madrileño de El Retiro. Fue una época con poco dinero en los bolsillos, escapadas en coches conducidos por otros (yo no tengo carné ni ganas) y el recurso de los pisos de los hermanos mayores donde iniciarse, con alguna novia fugaz, en el territorio del sexo.

8) Nieve en Washington Square, por ANDRÉ KERTÉSZ

Me voy a dar el gusto de exagerar un poco: para mí Kertész no es sólo un gran fotógrafo, sino que resume en su persona y en sus imágenes a La Fotografía como concepto. La delicadeza y la precisión de esta imagen de 1954 resume lo mejor que puede dar el trabajo de una cámara y, a la vez, conecta con la tradición gráfica, ya sea el dibujo japonés o la pintura flamenca de Brueghel.

He regalado y se han llevado sin mi permiso decenas de libros de mi biblioteca de pero, de verdad, sólo hecho uno en falta: Kertész on Kertész, una joyita editorial en la que el húngaro comentaba sus mejores fotografías.

9) Amor de taberna portuaria, por ANDERS PETERSEN

Durante muchos años, esta foto la tenía asociada al genial disco de Tom Waits, Rain Dogs, editado en 1984, ya que era la imagen de la portada del álbum. Veinte años más tarde llegó a mis manos el foto-libro Café Lehmitz, con imágenes del fotógrafo sueco realizadas entre 1968 y 1970 en un bar de mala muerte en el puerto de Hamburgo.

Ésta es la foto de cubierta del libro y la imagen más emblemática del proyecto: resume la dureza, pero también la honestidad, el respeto y, a su manera, la belleza con la que Petersen aborda una comunidad de marginados sociales. Para mí, una de las referencias básicas de la fotografía documental.

10) La novia triste, por SEBASTIAO SALGADO

Tras la saturación mediática de Génesis, lo último de Salgado, merece la pena mirar hacia atrás y recomendar vivamente su primer gran trabajo, Otras Américas. Este proyecto fue realizado entre 1977 y 1984, antes de que Salgado fuera Salgado, como se entiende hoy en día: el padre de una obra monumental, de estética bíblica, ribeteada por una voluntad pedagógica más propia del periodo clásico del fotorreportaje, que no del inicio de este nuevo milenio.

Otras Américas está muy lejos del colosalismo que encumbró al brasileño en los altares del periodismo gráfico de consumo masivo: se nota que trabajaba a solas, sin el apoyo de ayudantes, organizaciones ni instituciones. En cada foto se advierte que recorrió el continente a su ritmo, creando un discurso donde la mirada social y el realismo mágico van de la mano. Un buen ejemplo es esta foto de una boda en el Brasil rural, fechada en 1981, más cercana al universo de escritores como Juan Rulfo o de García Márquez, que no a un producto de la industria visual anglosajona. Menos era mucho más.

11) Camino al baile, por AUGUST SANDER

De mi fascinación por los retratos de Sander tiene la culpa la ya casi mítica exposición que confrontaba sus alemanes de entreguerras con los neoyorquinos de los años 60 de Diane Arbus. La vi en la Biblioteca Nacional de Madrid, creo que en 1983. Esta foto de grupo, realizada hacia 1914, es, probablemente, mi favorita del proyecto El hombre del siglo.

Me encanta, además del ambiente crepuscular, cómo el alemán ha captado el lenguaje corporal de los tres campesinos endomingados que se dirigen a un baile. Frente al desagrado que provoca en el espectador la rigidez y envaramiento desconfiado de los dos de la derecha (que podrían representar a la Alemania más inflexible), el chico de la izquierda inspira una inmediata simpatía. Su desparpajo y chulería (ese sombrero, ese flequillo, ese pitillo, cómo coge el bastón) me parecen completamente contemporáneos. Dan ganas de tenerlo como amigo.

12)El color de América, por ERNST HAAS

En el prólogo del espléndido libro Color Correction se señala que el austriaco Ernst Haas se pasó al color en los años 50, cuando llegó a EE.UU., por razones estéticas y, no menos importante, anímicas: quería dejar atrás el blanco y negro, o mejor decir, "los tonos grises" de su país de origen, sumido en la posguerra. Olvidado, cuando no denostado, desde principios de los 80, Haas ha sido "rehabilitado" recientemente junto a otros pioneros de la fotografía en color, como Saul Leiter o Fred Herzog.

Cuando a los 15 años vi por primera vez esta foto, creo que en la edición española de la revista Photo, lo tuve claro: la siguiente paga semanal la invertiría en mi primer carrete de diapositiva Kodachrome. Todavía recuerdo la expectación que sentía durante la semana que mediaba entre que dejabas en el buzón el rollo expuesto y la llegada por correo del sobrecito con la caja amarilla repleta de diapositivas ya reveladas. A mí me parecían pequeñas joyas en sus marquitos plásticos de 5x5 centímetros.

13) La partida en la cárcel, por DANNY LYON

El año pasado Fundación Foto Colectania expuso la totalidad del ensayo fotográfico Conversations with the dead, sobre los reclusos de seis penales de Texas. Realizado por el fotógrafo neoyorquino hacia 1967, cuando apenas contaba 25 años, este proyecto puede calificarse de trabajo magistral. Entre las noventa y pico imágenes estaba mi preferida: una partida de dominó resuelta mediante un plano picado. Aquella toma cenital me ha acompañado desde que era niño, ya que mi padre tenía un libro de fotos que incluía la imagen. Todavía me intriga la escena, y me pregunto si es o no casual la figura humana que forman las fichas.

Fue duro constatar, durante una reciente visita del propio autor a Barcelona, que a este veterano genio del reportaje le pierden la arrogancia y la soberbia. Confieso que a su conferencia llevé mi ejemplar de otro de sus proyectos, The Bikeriders, para que lo autografiara pero que, una vez allí, e indignado por su actitud, escondí el libro bajo mi cazadora tejana.

14)La chica y el gato, por BERNARD PLOSSU

Creo que ésta es la primera foto que vi de Plossu, publicada en Sur Exprés, una revista muy singular aparecida en los estertores finales de eso que llamaban la "movida madrileña", y en la que pude colaborar como redactor ocasional, recién salido de la facultad de Ciencias de la Información. La foto está dentro de su cuaderno mexicano realizado durante un largo periplo por este paísa mediados de los 60, cuando el francés era un veinteañero.

Esta foto reúne todo lo que me gusta de Plossu: sencillez, elegancia, sugerencia y una mirada enamorada por el hecho fotográfico (la toma de fotos como forma de entender la vida, en constante diálogo con la realidad) a través de sus Nikon, sus objetivos normales de 50mm y la emulsión química en blanco y negro. Para mí, una foto atemporal e incombustible.

15) Último homenaje a La Pasionaria, por CLEMENTE BERNAD

Recuerdo con absoluta nitidez a Clemente Bernad mostrando una plancha de diapositivas (en realidad reproducciones de cámara de sus fotos en blanco y negro) al comisario de fotografía Alejandro Castellote en la cafetería del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Según el navarro, todo su trabajo hasta la fecha (era 1989, creo), podía resumirse en esas veinte imágenes. Me impresionó su rigor y exigencia para consigo mismo. Cuando unos años después vi esta foto, realizada en el día que los militantes del PCE homenajeaban a la recién fallecida Dolores Ibárruri, entendí el porqué de un criterio tan selectivo. Desde entonces su trabajo me admira y causa la más sana envidia.

16) En salvaje compañía, por MICHAEL ACKERMAN

Tuve oportunidad de conocer a Michael Ackerman hará cosa de cinco años. Le confesé que esta foto, incluida en su foto-libro End Time City, publicado en 1999, es de las imágenes que más me han tocado en toda la vida. Que me conmueve la relación entre ambas "personas". También que me parecía la transcripción visual de un pasaje del libro Noctuno Hindú, de Antonio Tabucchi. Mi título corresponde, sin embargo, a una novela de Manuel Rivas.

Michael, tímido y atento, en lugar de hablar de su imagen, prefirió interesarse por la caja de diapositivas que poco antes yo había recogido del laboratorio. Me pidió permiso para echarle un vistazo a unas fotos de mis hijos descansando en el sofá de casa. Reconozco que me alegró mucho cuando me dijo que le parecían preciosas. De diferentes maneras (y jugando en diferentes ligas), creo que ambos hablábamos de lo mismo.

17) La mirada del amor, por ALEKSANDER RODCHENKO

Ya sé que no es una imagen característica de Rodchenko, que el ruso ha pasado a la historia del medio por sus revolucionarias fotografías de planos picados y contrapicados. También sé que sus retratos más reseñables son los del poeta Maiakovski, otro paladín del constructivismo soviético. Ya casi es un lugar común decir, cuando se intentan composiciones con puntos de vista extremos, se está haciendo una toma "a lo Rodchenko".

Pero a mí, del soviético, y a pesar de que se trate de una imagen con encuadre y composición bastante convencional, la que más me emociona es esta foto de Stepanova, tomada en 1924. Es la pura mirada del amor cómplice. Creo que todos hemos mirado alguna vez así; pero dejarlo sobre la emulsión de plata, como Aleksander, es privilegio de pocos amantes.

18) El brazo de Lenin, por JOSEF KOUDELKA

Me apasionan decenas de imágenes de este fotógrafo checo. Creo que su foto-libro Exiles es, junto a The Americans, de Robert Frank, y The ballad of sexual dependency, de Nan Goldin, el mejor resumen de la fotografía documental de la segunda mitad del siglo XX. Selecciono esta foto a pesar de que no es uno de los iconos de Koudelka. El origen de la toma hay que buscarlo en las tomas que hizo durante el rodaje de La mirada de Ulises, del griego Theo Angelopoulos. Era una película filmada en los Balcanes durante la guerra de Bosnia-Herzegovina, en la primera mitad de los 90.

Ese brazo desgajado de una escultura inmensa de Lenin simboliza el final del sueño socialista de Europa del Este, un momento histórico crucial para una parte del continente que, todavía hoy, se debate en busca de una identidad propia. Koudelka, con sus fotos, me ha hecho entender (y sentir) lo que significa ser europeo, de espaldas a los discursos de todas las instituciones arropadas bajo la bandera azul con las doce estrellas.

19) La calle cubista, por SAUL LEITER

escubrí a Leiter como todo el mundo: de casualidad y mejor tarde que nunca. Hace cinco años me topé con su libro publicado con motivo de su exposición en la Fundación Henri Cartier-Bresson, que rescataba del olvido a un autor: Leiter, en su momento, había optado por la discrección y con ello casi por el anonimato.

Recientemente fallecido, Saul era amigo de Frank, Faurier y otros genios de la foto urbana neoyorquina de los años 50. Él, además, optó por investigar con el color, ideal para sus composiciones gráficas. Esta foto, que parece un cuadro cubista, está en la sobrecubierta de aquel libro, que adquirí de inmediato. Leiter hoy es un autor de referencia para quienes componemos el colectivo de foto urbana Calle 35.

20) Berlín antes del muro, por RENÉ BURRI

Aprovecho que ya se ha cumplido el 25º aniversario de la caída del muro de Berlín para rescatar esta foto de René Burri, realizada en 1959, antes de que se alzara el hormigón que dividía la ciudad alemana. El ensayo fotográfico Los Alemanes es uno de los más lúcidos trabajos sobre el llamado "milagro", la recuperación de un país tras la Segunda Guerra Mundial. En este libro hay fotos que sugieren que fuerzas vivas y costumbres del Tercer Reich no habían desaparecido del todo en la Alemania bajo el control de los aliados.

Esta foto de la iglesia dañada, durante muchos años símbolo del Berlín Oeste, me parece un prodigio de composición y momento de disparo. Es curioso, cuando pienso en "el instante decisivo", me acuerdo más de las fotos de este autor recientemente fallecido, que no de su compañero de Magnum, Henri Cartier-Bresson.

21) El bobo feroz, por DIANE ARBUS

Menos espectacular que su famosa serie de "freaks", pero igualmente terrible (o aún más, si cabe). Armada con su cámara y su flash, Diane supo elegir al hombre común y corriente para mostrar lo horrendo que habita en la condición humana. A primera vista, al lector casi lo desarma este joven de orejas de soplillo y expresión pacífica, dócil, tocado por un anacrónico sombrero canotier, pajarita y bandera norteamericana./Realizada durante una manifestación en apoyo de la intervención de EE.UU. en la guerra de Vietnam, la foto revela completamente su sentido cuando se repara en la pequeña chapita de la solapa de la americana. Propone "Bombardear Hanoi", la capital de Vietnam del Norte. Como si con Hiroshima y Nagasaki, 22 años atrás, no hubiera sido más que suficiente.

Asocio a Arbus con el olor de los líquidos del revelado, ya que mi padre tenía su pequeña biblioteca de fotografía en el laboratorio del apartamento madrileño donde vivía, ya separado de mi madre. Allí descubrí a la autora que cambió la noción del retrato en la fotografía.

22) La pluma del ángel, por RALPH GIBSON

En esta foto objetivamente no muestra nada, pero deja mucho a la imaginación, como corresponde al buen erotismo. Es un buen ejemplo del estilo de este fotógrafo de Los Ángeles: muy sencilla, de plano corto y cerrado, con mucha textura fotográfica (ese adorable grano de la película Tri-X). A mí, quizás por la sábana (¿o camisón?) me recuerda a las volutas que adornan a los ángeles de los retablos barrocos. Graciosa y galante, creo que es muy democrática, ya que por senderos diferentes agradará tanto a la mirada femenina como a la masculina.

En 1989 tuve el privilegio de "tocar" una copia enmarcada de imagen/ en el pequeño despacho del comisario Alejandro Castellote, situado en el ático del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Interesado por la calidad de las copias de una expo antológica de Gibson recién descolgada, Castellote me comentó que el californiano, antes de hacer el tiraje definitivo de cada foto, solía emplear 20 ó 25 papeles de prueba.

23) La tribu de la moto, por IRVING PENN

El retrato de estudio me parece un subgénero dificilísimo, quizás porque lo mío es salir a la calle a encontrar cosas y porque, aunque a pesar de las apariencias, soy una persona tímida. Este retrato colectivo de Penn me parece fascinante, por el diálogo visual establecido entre los modelos (¨hell angels¨ californinanos, en 1967) y el fotógrafo, uno de los grandes genios del retrato de estudio, el género del bodegón y la fotografía de moda.

Esta foto aúna mirada antropológica (son una tribu) y profundidad psicológica. Una contemplación reposada permite detectar la separación de roles, cada uno de los papeles dentro del grupo (el líder, el lugarteniente, la rebelde, el buenazo, la chica enamorada...). Una foto "artificial" de una naturalidad prodigiosa: hermosos, orgullosos desafían al paso del tiempo.

24) Pluf, el globo de chicle, por SYLVIA PLACHY

La curiosidad cámara en ristre. Así veo la mirada de Sylvia Plachy, húngara emigrada a EE.UU. en 1956, cuando era una niña. Una amiga, Sara Solé, me regaló hace unos cinco o seis años un libro-catálogo, De reojo, editado por La Fábrica, en el que se recoge lo más representativo de esta fotógrafa discípula de Kertész.

Las fotos de Plachy me sedujeron al primer golpe de vista: me contagia sus ganas de vivir, su mirada inocente y aguda, propia de una niña. También su falta de prejuicios a la hora de tomar imágenes, no sólo en la aproximación gráfica, sino también a la hora de abordar diferentes géneros, como el retrato, el paisajismo y la fotografía documental. Esta foto parece que la ha realizado una chavala, no una mujer adulta quien, además, es la madre del irregular pero genial actor Adrien Brody.

25) La silla que espera, por NAVIA

Síntesis y capacidad de evocación. Ya he explicado en muchas ocasiones que he tenido el privilegio de trabajar con José Manuel Navia, editando sus imágenes para revistas como Viajes National Geographic, a finales de los 90. Su influencia me ha sido decisiva a la hora de concebir el color como recurso gráfico. En esta foto, en apariencia (pero sólo en apariencia) el cromatismo es anecdótico. Creo que los tonos ocres son los que redondean una imagen que me conecta con otras de autores muy estimados, como Plossu, Sluban, Gibson o Kertész. Me encantan los cafés, las imágenes verticales y la resolución compositiva con pocos elementos. Navia resuelve con esta foto lo que yo ando buscando con la cámara desde hace años.

26) El hombre en la máquina, por LEWIS HINE

Toma el mismo tema que Tiempos Modernos de Chaplin, pero su significado es bien diferente: si la película del genial cómico representa la alienación del hombre moderno que trabaja en la fábrica, esta imagen de Hine, realizada en los años 30, pretende (y consigue) representar la simbiosis de lo humano con el ingenio.

Visualmente muy poderosa, con trampa incluida (esos brazos y esa llave que supuestamente apretan un tornillo, formando la "V" de la victoria), parece creada, más que por un americano, por cualquier artista soviético de la corriente constructivista. De haberla hecho un par de décadas más tarde, a principios de los 50, casi seguro que el fotógrafo hubiera tenido problemas con el paranoico senador McCarthy y su comité para el control de "actividades antiamericanas".

27) Color del trópico, por ALEX WEBB

Paradojas de la memoria y la fotografía: en 1991 hice un viaje a Jamaica, un "press-trip" para la sección de viajes de El País. Disparé en blanco y negro y, por supuesto, en color. Hoy las diapositivas de esa experiencia languidecen en sus cajitas amarillas. A pesar de haber realizado centenares de fotos, cuando pienso en el Caribe angloparlante no puedo evitar "apropiarme" de esta imagen del gurú de la escuela gráfica del/new color.

La foto, realizada en la isla de Granada en 1979, resume perfectamente lo que, para mí, representa este rincón del mundo, sus sensaciones visuales e, incluso, el calor y el olor tan característico. También consigue hacerme revivir algo muy difícil de expresar con palabras: esa subida de adrenalina al saberte en un territorio donde hay una tensión permanente, el peligro a la vuelta de la esquina. Parafraseando a Lou Reed en Waiting for my man, "Hey, white boy, what are you doing in this town?".

28) La soledad del púgil, por RAMÓN MASATS

Encuadrada dentro del proyecto Neutral Corner, de 1962, esta foto del catalán representa la soledad del púgil durante el combate. No importa que lo rodeen sus técnicos, sólo él (y su contrincante, claro) recibirán los golpes ante los ojos atentos de centenares de personas refugiadas en la penumbra. Con una economía de medios portentosa, Masats resumía un mundo que a mis ojos, resulta ya muy antiguo.

Mi memoria personal añade, además, un recuerdo trágico: cada vez que la veo me acuerdo de Rubio Melero, un púgil que murió en febrero del 78 a causa de los golpes recibidos en una velada en el Palacio de los Deportes de Madrid, cerca de donde yo vivía cuando era adolescente.

29) Seré una estrella del rock, por ROBERT MAPPLETHORPE

Patti Smith no era (casi) nadie, públicamente hablando, cuando su amigo/amante Robert le hizo esta foto en 1975. Pero ambos lo tenían muy claro: ella tenía que ser una estrella del rock. En su pose segura, casi desafiante, se conjuga el imaginario particular de la poeta, cantante y fotógrafa: Juana de Arco, el poeta Jean Arthur Rimbaud y el guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards. Todo en una.

Con esta foto, usada para la cubierta de su primer álbum, Horses, yo caí enamorado a mis 14 ó 15 años. Lo que no tengo muy claro es si quería tenerla a ella, ser como ella, o ambas cosas a la vez. Por lo demás, el trabajo de Mapplethorpe nunca me interesó demasiado, ni siquiera cuando era el autor más "in", a principos de os 80. Formalmente me parece excesivamente canónico, clásico; mientras que su contenido transgresor me deja bastante frío. Pero sólo es una opinión, claro.

30) Escalera al cielo, por NICK TURPIN

Si me pidieran que eligiese un sólo ejemplo para resumir qué es la "foto de calle", creo que elegiría esta imagen del fotógrafo inglés portavoz del colectivo In Space Public. No sólo es muy atractiva en términos compositivos, sino que, sobre todo, incluye uno de los recursos de la fotografía urbana: jugar con la limitación fotográfica (en este caso, el encuadre, que "deja fuera" información), para crear la magia.

Todos sabemos que esta escalera se debe apoyar en algún punto (yo imagino que es la marquesina de un cine), pero todos queremos creer, o imaginar, que conducen al cielo. Turpin no es uno de mis fotógrafos favoritos, pero estoy convencido que esta foto reciente se convertirá en un clásico del género callejero.

31) Coreografía soviética, por HENRI-CARTIER BRESSON

Esta foto entró en mi vida gracias a la edición española de la revista Photo en 1978. Gracias a esta publicación, Cartier-Bresson y Edward Weston se convirtieron en mis héroes a imitar. Tres décadas y media más tarde todavía me fascina el carácter escenográfico de la toma, en la que cada persona representa su papel (sobre todo me intriga la mujer de la derecha, con los brazos en la cintura y expresión rencorosa). Realizada por el francés en 1954 durante un viaje a Moscú, esta foto del padre del "instante decisivo" me remite a la enorme (literal y figuradamente) novela de Vasili Grossman, Vida y destino.

Cartier-Breson representa en el mundo de la fotografía, al menos en mi opinión, un papel equivalente al de Pablo Picasso en lo relativo a la pintura. Ambos fueron "la mirada del siglo XX" desde sus respectivas atalayas; ambos tenían una personalidad difícil; los dos son pilares inevitables que se deben primero asimilar y luego intentar dejar de lado, al menos si lo que se desea es encontrar una senda propia.

32) Piel contra el cristal, por FRANCESCA WOODMAN

Pocas personas han sabido expresar tan bien, como Francesca Woodman, la angustia existencial propia de la adolescencia y primera juventud. Con una gran economía de medios (le bastaba una Rolleiflex, su cuerpo, algunos objetos e interiores abandonados), los autorretratos de la norteamericana consiguen encogerte el corazón: nada es obvio, todo se sobreentiende; podrías ser tú mismo/a.

A Francesca la descubrí durante un viaje por el Sur de Francia en 1998, ya que recalé por Arlés, casi por casualidad. Allí estaba su expo antológica, con sus pequeñas copias cuadradas, pegadas sobre viejos cuadernos de matemáticas. Desde entonces ella es una de mis "sorpresas" favoritas en las clases de fotografía, ya que sé que su propuesta visual nunca deja indiferente a los alumnos. En su día Francesca me deslumbró. Todavía me dura el fogonazo.

33) El médico comprometido, por EUGENE SMITH

A lo largo de mis 12 años como profesor he proyectado y comentado decenas de veces esta foto con mis alumnos de fotorreportaje. Cada vez que lo hago se me encoge el alma, ya que me conmueve (supongo que por mi condición de padre) esta imagen incluida en el mítico Country Doctor, publicado en Life en 1948.

La imagen es el punto culminante del relato: el doctor Ceriani reflexiona durante unos instantes cómo les dirá a los padres de la niña coceada por una mula que perderá el ojo izquierdo. En el momento de la toma, Eugene Smith se encontraba a menos de un metro del doctor, pero el sanitario no repara en él, ya que se ha vuelto "invisible".

Con esta foto Smith representa el compromiso de los millares de médicos rurales norteamericanos de la inmediata posguerra, implicados a fondo con sus comunidades. Un clásico y un referente para todos los estudiantes e interesados por la fotografía documental.

34) Mirada premonitoria, por ANTON CORBIJN

Creo que es una de las imágenes más memorables del subgénero de la fotografía del rock. Corbijn hizo una sesión de fotos con el grupo Joy Division/ en el metro de Londres, en 1979. Describe perfectamente la sensación opresiva que genera la música del primer álbum del grupo, Unknown Pleasures.

Lo que no sabía el fotógrafo holandés es que la imagen, hoy un icono, tenía un carácter premonitorio: Ian Curtis, el cantante del grupo, mira hacia atrás, mientras que sus compañeros, que luego formaron New Order, siguen adelante. Curtis se suicidó un año más tarde, con sólo 23 años, alimentando el mito en torno a su persona y a su banda, uno de los pilares de la música contemporánea. A mí me provoca un sentimiento encontrado: su música me parece hermosa, pero demasiado triste. Lo mismo me ocurre con esta foto. Hace poco regalé mi copia del LP que compré cuando tenía 17 años.

35) Hacia el exilio, por ROBERT CAPA

Barcelona, enero de 1939. Las tropas de los nacionales están a punto de llegar a la ciudad y, para muchos, comienza la larga y dura marcha hacia la frontera y el exilio. Ya sé que ésta no es la foto mas célebre ni la más polémica de Robert Capa, pero es sin duda mi preferida. El rostro de la niña representa a la perfección el sufrimiento de la población civil, la principal víctima de las contiendas. Era en nuestro país, como hoy sucede en Siria y mañana en cualquier otro sitio.

Inevitable el preguntarse qué habrá sido de la niña; si hay, en algún lugar de Europa, una anciana que recuerde aquel día en el que, antes de marchar de su ciudad, le hicieron esta foto. Hace unos diez años me contaron que, estando yo ausente, llamaron a la puerta de casa una pareja de señores mayores que hablaban castellano con acento francés. Ella era una vecina del inmueble que, cuando niña, debió marchar con su familia hacia Francia, huyendo de la inminente llegada de las tropas de Franco. Antes de morir quería volver a ver el lugar donde había nacido y crecido.

36) La ventana del apartamento, por FRED HERZOG

Volando bajo radar, creando un discurso propio, una mirada nueva. Así podría definirse el trabajo de varios autores como el del alemán Fred Herzog, el americano Saul Leiter o el español Gonzalo Juanes. Los tres apostaron por la diapositiva en color en los años 50 y primeros 60, cuando la corriente imperante en la fotografía de autor era exclusivamente en blanco y negro. Tal vez esta osadía tuvieron que pagarla con pasar desapercibidos durante cuatro décadas.

Herzog, emigrado al Canadá en la posguerra, se conformó con ganarse la vida haciendo fotos médicas en un hospital de Vancouver. Su tiempo libre lo dedicaba a fotografiar por las calles o captando aspectos de su estudio/ vivienda. Esta foto, casi un cuadro de Morandi, me reenvía a la infancia, al olor de los útiles del afeitado en la casa de mis abuelos.

37) La banda del callejón, por JACOB RIIS

Parece salida del set de rodaje de The Gangs of New York, de Scorcese, pero en realidad es una foto de época, realizada hacia 1890. Forma parte del trabajo Cómo vive la otra mitad, en el que Riis, danés afincado en Manhattan, documenta las deplorables condiciones de vida de los emigrantes pobres recién llegados de Europa.

Cómo vive la otra mitad es un reportaje gráfico intrusivo y paternalista, en tanto que se observa la mirada condescendiente del burgués que se compadece del pobre (abundan fotos con flashazos de personas hacinadas en cualquier recoveco); pero también recoge imágenes como ésta, que dan muy buena idea del día a día de los más desfavorecidos.

Me encanta, de esta foto, la composición y la atmósfera de tensión y peligro en el ambiente. El sujeto a la derecha, con el sombrero, podría dar buena cuenta del fotógrafo. Quizás he visto demasiadas películas...

38) La sospecha, por GARRY WINOGRAND

Esta foto no es demasiado representativa de Winogrand. De hecho, casi parece más de Elliot Erwitt, o incluso de Robert Frank. Cuando se publica alguna foto de este "pope" de la foto callejera se suele elegir una visualmente muy compleja, con gran angular y muchos elementos de atención en la imagen; cuando no una de las 80 que conforman su Women are beatifull, homenaje a la nueva mujer americana de los años 60 y 70.

Yo me quedo con ésta, ya que me fascina la mirada del hombre (por la venda de la nariz podría ser un boxeador), suspicaz, tal vez celosa, que presagia la tormenta. Supongo que la habrá realizado desde un vehículo más alto, tal vez un autobús neoyorquino. Otro detalle perfectamente estúpido me decide a rescatarla del puñado de fotos de Winogrand que me conmueven, fue realizada en 1964, el año de mi nacimiento.

39) Criados por lobos, por MARY ELLEN MARK

Tengo una relación ambivalente con las fotos de Mary Ellen Mark: me encantan como imágenes, pero me parecen de dudosa moral, puesto que sospecho que la fotógrafa "usa" a sus modelos. Este es un debate permanente que mantengo con la fotografía documental, quizás porque en el fondo soy un moralista. Ello no impide observar fascinado la foto de Mike y Rat, dos niños "runaways" de principios de los ochenta que, como quien no quiere la cosa, le muestran la pistola a la fotógrafa.

Criados por lobos es un título que he tomado prestado a Jim Goldberg, que también versa sobre chicos descarriados, condenados a pegarse el peor de los batacazos. Mucho me temo que los chavales de esta foto deben llevar varios lustros bajo tierra.

40) Chica en la hierba, por MIROSLAV TICHY

Todavía debe estar riéndose. Apartado del mundo durante años, como vagabundo-ermitaño dentro de la Checoslovaquia socialista, haciendo sus fotos de mirón mediante cámaras paleotécnicas realizadas por él mismo, con un aspecto casi de hombre de las cavernas, él, el loco del pueblo, al final de su vida acaba exponiendo con todos los honores en el prestigioso ICP de Nueva York, reverenciado como un "fauve", un salvaje inesperado...

Más allá de la anécdota personal de este fotógrafo singular e inclasificable, me llama la atención lo difícil que me resulta sustraerme a la atracción de sus imágenes de mujeres. Viéndolas, revivo mis sentimientos y sensaciones de cuando era un adolescente fascinado y atormentado por la erótica de la otra mitad del mundo, esas chicas tan cercanas y, a la vez, inaccesibles...

41) La bailarina y el imperio, por JOEL MEYEROWITZ

Esta es la primera imagen que vi de Joel Meyerowitz, autor de referencia para los que practicamos la fotografía de calle en color. Está realizada con una cámara de placas en 1976, creo. Me gusta por la composición y los colores cálidos, también por la manera tan sencilla y efectiva de incluir una protagonista en un contexto urbano amplio.

En su día (creo que en una expo en el Círculo de Bellas artes de Madrid, a finales de los 80) me pareció que la chica era una bailarina (por los calentadores en los tobillos); años más tarde reparé en el edificio del fondo, el Empire State de Nueva York. Si se conoce el trabajo de Meyerowitz se puede concluir que esta foto es un paso de transición del autor, del caos organizado dentro de una diapositiva de 35mm. de sus primeras imágenes, al orden y simplicidad de su posterior trabajo con cámara de gran formato.

42) La mano en el sombrero, por NIKOS ECONOMOPOULOS

Las fotos de este griego miembro de Magnum llegaron a mí gracias a su libro In the balkans que adquirí en 1996 en la librería barcelonesa Tartessos, hoy desaparecida y añorada. En la estela ética y estética del Exiles de Koudelka, Economopoulos también se reduce a ojo y cámara para relatar, o mejor sugerir, la pulsión que anima a esta esquina al Sureste de Europa. Para él, serbios, bosnios, griegos, turcos, rumanos, búlgaros o albaneses son todos parte de la misma cultura, por mucho que los políticos se empeñen en afirmar lo contrario.

Esta es una de mis fotos preferidas de un proyecto en el que se advierte como la reducción a lo mínimo (una cámara, una lente, una película) puede demostrarnos una vez más que una imagen no es como la vida misma, sino cómo ésta es observada. En este caso, la deformación producida por el punto de vista y el uso del granangular no resulta un truco efectista, sino un recurso efectivo para explicar el ambiente en uno de los miles de bares esparcidos por la geografía balcánica.

43) Noche de invierno, por SABINE WEISS

Descubrí a esta fotógrafa suiza hace poco tiempo, unos tres o cuatro años, cuando estaba documentándome para un ensayo-conferencia sobre pioneras del fotorreportaje, que titulé Leica es un nombre de mujer. Adscrito a lo que hoy se conoce como fotografía humanista parisina de posguerra, el trabajo de Weis ha quedado eclipsado tras las fotos archiconocidas de Doisneau, Ronis, Izis o Boubat.

No quiero extraer conclusiones precipitadas, pero me parece que el hecho de ser mujer, en su caso, no supuso una ventaja. Escribo esto en una noche fría de invierno, por lo que creo que es el momento apropiado para comentar esta imagen. ¿Quién no se ha encogido de hombros al salir de un café a altas horas de la noche y recibir un dulce bofetón de frío en la cara?.

44) Peatones desde el autobús, por SERGIO LARRAIN

Las mejores fotos de Londres tomadas por Robert Frank las hizo Sergio Larrain. Explico este galimatías: aunque hay instantáneas magistrales de la ciudad a orillas del Támesis realizadas por el autor de The Americans a principios de la década de los 50, será el fotógrafo chileno quien termine de desarrollar esa mirada subjetiva y, a la vez, precisa sobre la capital británica. Marcelo Caballero, compañero de Calle 35, me regaló un pequeño libro que recoge las mejores fotos londinenses de Larrain, realizadas entre 1958 y 1959.

El libro evidencia que el miembro de Magnum conocía perfectamente el trabajo del suizo, pero que continuó la senda abierta por Frank sin perder por ello su identidad como fotógrafo. Ambos consiguieron reflejar perfectamente el ambiente pesado y sombrío de una ciudad todavía sumida en una mentalidad de posguerra, a la espera de lo que será la eclosión del "swinging London" a principios de los 60. Esta foto tomada desde el autobús me parece arriesgada, hermosa y desesperanzada.

45) ¿Me estás mirando a mí?, por RICHARD AVEDON

Pocos autorretratos apelan tan directamente al espectador como éste firmado por Avedon a principios de los años 80. Está realizado dentro del proyecto In the American West, en el que va a retratar "in situ" a decenas de americanos del centro-oeste de los EE.UU. Durante una de las sesiones, el autor sucumbe a la tentación de incluirse a sí mismo, como un paisano más de la América de la época Reagan. Su expresión es seria, casi agresiva, con el ojo derecho entrecerrado y las manos en probable movimiento de atusarse el cabello. Tal como hacía mi padre, que tenía un aire similar al de Avedon.

Cabe imaginarse a los modelos de sus imágenes (desde potentados hasta vagabundos, pasando por mineros o trabajadores de un matadero) algo intimidados por la gestualidad de este fotógrafo que, para hacer caer la máscara de los que posaban frente a su cámara, no dudaba en agotarlos con largas sesiones e, incluso, tensionarlos con gestos y palabras. Aquí Avedon da miedo, pero también se analiza crudamente a sí mismo, mediante una puesta en escena de sinceridad indiscutible.

46) Las chicas del refugio antiaéreo, por LEE MILLER

Conocí el trabajo de Elisabeth "Lee" Miller gracias a un ejemplar del Camera International, que me regaló uno de mis maestros, Paco Ontañón, allá por 1993. Me fascinó la figura y, sobre todo, las imágenes de esta mujer que primero fue modelo y musa de Man Ray, para luego tomar la cámara y realizar grandes y terribles fotografías durante la Segunda Guerra Mundial siguiendo el avance de las tropas americanas en Europa.

De Miller más conocidas son las fotos del cadáver flotante de un SS, la de una una enfermera nazi que se ha suicidado tomando cianuro o los cuerpos apilados de prisioneros muertos en campos de concentración. Pero yo me quedo con ésta realizada en Londres. Resume perfectamente su especial habilidad para enlazar información y surrealismo. Mucho años después, mi hija Joana me comentó observando esta foto: "se parecen a Lady Gaga."

47) El inicio de la relación, por MELANIE EINZIG

Las fotos de Einzig contienen lo que más me gusta de la fotografía callejera: capacidad de evocación, carga poética y carácter universal. Son recientes, pero las podría haber realizado en 1960. Es Nueva York, pero podría tratarse de Berlín, Moscú o Madrid. Son otras personas, pero podríamos ser nosotros mismos. Sobre todo en esta foto que, con muy pocos elementos, consigue emocionarme, ya que refleja el sentimiento de felicidad que le embarga a uno cuando uno está (recientemente) enamorado.

Son los tonos cálidos del ambiente, puntuados por ese poquito de rojo del vestido de la chica, los que nos dirigen la mirada hasta el lugar preciso: el de la intimidad de quienes tienen muchos planes por delante. He tenido oportunidad de conversar con Melanie vía email. No me extrañó descubrir que suele vincular el trabajo de la cámara con escribir poesía.

48) El vampiro de Notre Dame, por CHARLES NEGRE

Esta foto la vi por primera vez hace tres años, preparando mis clases de historia de la fotografía. Reconozco que me impactó, no sólo por el tema y la composición. Creo que lo que me sorprendió es que, tratándose de una imagen muy antigua, fechada en 1853, la siento como algo cercana y propia.

¿Cómo es posible que esta imagen me provoque una nostalgia imposible?: Creo que este calotipo que retrata al fotógrafo Henri Le Secq, amigo de Negre, consigue salvar la distancia de 160 años porque me remite a un montón de imágenes y lecturas asimiladas desde la infancia.

Así es mi relación con el siglo XIX, por un lado me horripila (me parece cursi, afectado, pacato y, a la vez, brutal), y por otra parte me fascina, ya que es el origen de la cultura contemporánea y parte de mi memoria personal. Dickens, Galdós, Mark Twain y Flaubert tendrán algo que ver en ello.

49) El teddy-boy sij, por CHRIS STEELE-PERKINS

Uno de los mejores propósitos de la fotografía de reportaje es la voluntad de documentar para las generaciones futuras las peculiaridades de pequeñas comunidades dentro de sociedades más amplias. Esto es exactamente lo que hizo el británico Steele-Perkins quien, a mediados de los 70, le dedicó cientos de carretes a los "teddy-boys", rockers a la inglesa en una Gran Bretaña ya en el ocaso de su imperio.

Conocí el trabajo The Teds cuando era un adolescente, época en la que, para mí, Londres era la meca. Esta foto es, asimismo, una rareza: un "teddy" que es, además, miembro de la comunidad sij. El protagonista de la foto representa a un pequeño grupo dentro de un pequeño colectivo, insertado a su vez dentro de una realidad muy amplia, Londres, esa ciudad fascinante de millones de personas procedentes de todos los rincones del planeta.

50) La pistola de Nueva York, por WILLIAM KLEIN

Supongo que esta imagen deberá estar en casi todos los listados de "las 100 fotos más importantes del siglo XX", o grandilocuencia similar. Reconozco que hace años que me cansé de, literalmente, una parte de esta foto, quizás la más conocida del imprescindible New York 1954-55. Después de mirarla cientos de veces, ya no me dice nada el mocoso furibundo que apunta con su pistola de juguete. Pero la magia de la parte derecha sigue intacta: tal como indicaba el propio Klein, en una conferencia en 2002 en el Palau Macaya de Barcelona, el verdadero quid de la imagen reside en el chaval que mira fascinado a su envalentonado amigo. Con él se identifica el autor, de carácter apocado en su infancia.

Durante su exposición pública me atreví a preguntarle si conocía lo que estaba haciendo Robert Frank en esa época. Tras fusilarme con la mirada, me recordó que su "Nueva York" ya estaba publicado en 1956, cuando Frank todavía estaba en la carretera tomando fotos para su mítico libro. "Touché", Mr. Klein.

51) El corte de pelo, por PAULO NOZOLINO

Las fotos de este portugués afincado en Francia son, para mí, el eslabón perdido que podría enlazar autores de los 70, como Ralph Gibson y Bernard Plossu, y a fotógrafos que descollaron en los 90, como Michael Ackerman, Antoine d´Agata y Klavdij Sluban. En sus imágenes reina el alto contraste, el grano de la emulsión fotográfica (que no "mancha", como señala Paulo, para distinguir la textura de sus Tri-X de la propia de los carretes en color) y los ambientes algo opresivos y misteriosos.

Esta foto del corte de pelo creo que la vi por primera vez hace ya más de 25 años. Conecta en mi imaginario visual con las películas independientes francesas de la época, como Boy meets Girl, de Leos Carax y con 37,2º le matin, una historia de amor loco que acaba fatal. De hecho, me empeño en pensar que la chica de la foto de Nozolino es Beatrice Dalle, la actriz que encarnaba a Betty, la explosiva protagonista de la película basada en la novela de Philipe Djian.

52) Notificación de desalojo, por TOM HUNTER

Contar un tema usual de una forma diferente. Ese es el propósito del inglés Tom Hunter, cuyo trabajo descubrí en una librería de Viena hace diez años. Jardinero de profesión e involucrado en movimientos alternativos, Hunter se decidió por el uso de una cámara de placas y la diapositiva para contestar visualmente al imaginario creado entorno a los ocupas. En lugar de fotos en blanco y negro, con mucho grano y contraste, opta por el color y la gran definición de imagen. Sus referentes visuales (obvios, ya que son reinterpretaciones de cuadros famosos) son los pintores flamencos (sobre todo Vermeer de Delft) y los prerrafaelistas ingleses del siglo XIX.

Esta foto es una recreación, pero hace referencia a algo real (de hecho, la carta es un documento oficial de desalojo de la casa ocupada en la que vive la madre y su hijo). Es decir, se trata de una puesta en escena al servicio documental. Una buena estrategia, sobre todo en su proyecto Life and death in Hackney, en el que el barrio del norte de Londres se puebla de Ofelias y demás personajes shakespirianos vestidos con tejanos, deportivas y sudaderas con capucha.

53) El vuelo del campanero, por KOLDO CHAMORRO

Hay fechas clave en las biografías particulares, momentos en los que se fragua el núcleo lo que uno ha de ser como profesional y persona. Creo que ese momento, para mí, debió ser 1989, el año de la caída del muro de Berlín, cuando yo contaba veinticinco primaveras. Por esa época conocí a Koldo, quien era amigo de mi padre. Nos vimos sólo en tres o cuatro ocasiones, pero no dudo en afirmar que sus palabras durante esos encuentros fueron decisivas para elaborar mi concepción de la fotografía.

También sus fotos, que recientemente reencontré en la espléndida exposición colectiva Tan lejos, tan cerca, en la Fundación Foto Colectania de Barcelona. Me emocioné, no voy a negarlo. Reconozco que muchas veces, al estudiar algún trabajo documental reciente, me pregunto para mis adentros, "¿Qué pensaría Koldo de estas imágenes?". Este navarro tozudo, autoexigente y honesto murió en 2009, pero su campanero aquí queda, para siempre, en la magia de su vuelo.

54) La cabeza por las ramas, por EUGENE RICHARDS

La sombra de Eugene Richards es alargada, puedo reconocer su estilo en varios fotodocumentalistas del cambio del milenio, como Darcy Padilla o el primer Txema Salvans, por poner sólo dos ejemplos. Sus composiciones dinámicas, con muchas líneas (bien) caídas caracterizan sus ya clásicos proyectos Cocaine True, Cocaine Blue o mi preferido, Dorchester Days.

La foto que elijo del norteamericano no es, lo reconozco, muy representativa de su estilo. Pero me encanta, porque logra sugerir con poquísimos elementos la cabeza ida de un hombre con problemas con las drogas. Para ello le basta el reflejo en el parabrisas del coche donde se encuentra el sujeto. Mi anécdota personal es que me empeño en pensar que el modelo fotografiado podría ser Nick Cave, uno de mis músicos favoritos, durante su etapa salvaje de consumo de heroína, cuando lideraba The Birthday Party, todavía en su Australia natal.

55) Gitana del nuevo siglo, por JOAKIM ESKILDSEN

Hay temas en la fotografía documental que están condicionados por un trabajo de referencia. Esto le ocurre a la realidad del colectivo gitano, cuyo imaginario está fuertemente marcado por las imágenes que hizo Josef Koudelka en Eslovaquia en los años 60. Por ello tiene un mérito añadido el "darle la vuelta" al tema y ofrecerlo desde una perspectiva gráfica y narrativa diferente, tal como ha hecho el danés Joakim Eskildsen con su maravilloso proyecto The Roma Journeys, publicado en 2006.

En este foto-libro muestra la vida y el carácter de los gitanos repartidos por, entre otros países, la India, Rumanía o Francia. La elección de Eskildsen por una cámara analógica de medio formato y película en color es, en mi opinión, un gran acierto. De las muchas fotos que me conmueven del proyecto me quedo con esta, la de un campamento en Saint-Marie de Mer, en la Camarga francesa. En ella la chica que limpia los platos simboliza que, como en casi todas las culturas, la gitana también está regida por el patriarcado.

56) El hombre deshabitado, por RAYMOND DEPARDON

Como una patada en el estómago. Así recuerdo la primera vez que vi las fotos de Depardon sobre San Clemente, una institución psiquiátrica de Venecia. De todas las imágenes del ejemplar que me mostró mi amiga Paca Arceo, allá por 1993, la que se me quedó grabada a fuego es la de este hombre que oculta su cabeza, procurando hacerse invisible ante la cámara del francés miembro de Magnum.

Mucho más tarde descubrí que San Clemente ya había sido estudio fotográfico en el siglo XIX. Dentro de sus muros pioneros de la fotografía orientada a aplicaciones médicas se dedicaron a retratar enfermos mentales con voluntad archivística. Siempre he tenido claro que peor que un cuartel y una cárcel es un psiquiátrico, como el que documentó Depardon hacia 1980. La bajada a los infiernos.

57) Sol de Oriente, por FAN HO

Fan Ho es un fotógrafo incorporado no hace mucho a mi listado de autores favoritos. Fue Carlos Prieto, compañero de Calle 35, quien me puso sobre la pista de este autor de Hong Kong. Mi desconocimiento de lo que se hace en Asia (de memoria me cuesta nombrar más de diez orientales), me hace evidente que debería abandonar mi concepción eurocentrista de la fotografía y ponerme en la tarea de "aprender" a leer las fotos de derecha a izquierda.

Me explico: esta foto, para mí de una gran sutileza, la utilizo en mis clases de lectura de imágenes para indicarles a los alumnos que los occidentales tenemos la tendencia a leer las fotos como hacemos con los textos, de arriba a la izquierda hasta abajo a la derecha. Pero que los orientales lo hacen de otra manera: de arriba a la derecha hasta abajo a la izquierda, tal como se disponen sus ideogramas. Sólo "leyéndola" de esta segunda manera se entiende verdaderamente el significado de esta foto. Hay que "seguir la sombra" para, finalmente, reposar la mirada sobre la chica iluminada por el sol de Oriente.

58) Monjes budistas en la nieve, por WERNER BISCHOF

Cuando me preguntan por el compromiso y la honestidad en la labor de la fotografía documental, casi siempre me viene a la mente el nombre de Werner Bischof. Este fotógrafo suizo, (uno de los pioneros de la agencia Magnum, fallecido en un accidente en Perú en 1954), lo tenía claro: más que hacer fotos de los frentes de guerra le interesaba documentar el sufrimiento de los civiles. Ello le llevó a las calles de Seúl durante la guerra de Corea; también a Japón a principios de los 50, todavía sumido en la posguerra y el trauma de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

En el país tomado por las tropas de EE.UU. fotografió a supervivientes de las explosiones nucleares; también se interesó por la cultura y las tradiciones milenarias. Esta foto de unos monjes budistas en la nieve creo que capta a la perfección como Bischof, un tipo sensible, había asimilado la estética de los dibujos en tinta sobre papel nipones. Esta foto, cuya copia en baritado pude admirar en una exposición antológica en el Reina Sofía, en 1988, a mí me parece una estampa de la época Meiji. Delicadeza zen, o casi.

59) Un hombre lúcido, por ALBERTO GARCÍA-ALIX

He tardado más de veinticinco años en poder convivir con las fotos de García-Alix. He regalado, en estos años, cuatro o cinco títulos que reposaban en mi pequeña biblioteca. Sus fotos me gustaban mucho, mucho, pero también me dejaban abatido. Al final he conseguido encontrar un espacio común, entender que todas sus fotos son autorretratos pero, como Francesca Woodman, habla de todos nosotros.

En sus imágenes me reconozco como el jovencito vulnerable de los años de la movida madrileña; también como el adulto, el profesor de fotografía de mediana edad con un pasado, varios proyectos y un cuerpo que ya impone sus normas. Aunque no lo conozco personalmente, la figura de Alberto me es próxima. Yo no he consumido drogas, mi piel no luce ningún tatuaje y ni siquiera tengo carné de conducir, pero siento muy cercano lo que el leonés me cuenta, en un diálogo particular, a ambos lados de la copia en papel baritado. Supongo que a muchos de sus incondicionales les pasará lo mismo.

60) Manifestante asesinado, por MANUEL ÁLVAREZ BRAVO

Esta foto de un obrero en huelga asesinado en 1934 en México, representa a todos los que murieron luchando por sus derechos. Creo que la vi por primera vez en una exposición sobre siglo y medio de fotografía latinoamericana en la Casa de América de Madrid, en 1993. En mi recuerdo, la presencia del amor y la muerte era casi una constante en las imágenes expuestas en la muestra antológica.

Cada vez que me reencuentro con el joven asesinado no dejo de pensar en que el chico poco o nada podía imaginarse que ese sería el último de sus días. Cosa extraña, me impresiona mucho la ropa de los muertos (los supongo a primera hora del día, eligiendo las prenda que van a vestir, inconscientes del final inminente); me evado con un detalle cotidiano que contrasta con la contundencia, lo inapelable de la muerte.

61) Charles, el ermitaño, por ALEC SOTH

Alec Soth es, en mi opinión, el fotógrafo del siglo XXI que mejor conecta con una vertiente de la tradición cultural norteamericana, la encabezada por el poeta Walt Whitman y sus Hojas de Hierba. En su actitud y en sus imágenes, realizadas con una cámara de placas de 20x25 centímetros, este autor de Minnesota ofrece una propuesta al margen del consumismo desaforado a la americana. Soth retrata a eremitas, indigentes, personas al margen; también rincones, territorios que antaño fueron importantes, pero en el nuevo siglo ya sólo son espacios de tránsito.

Su obra más conocida es Sleeping by the Mississippi, en la que define al río más importante del país como "tercera costa", equiparable a la del Atlántico al Este y la del Pacífico al Oeste. Entre las fotos de este título está la de Charles, un eremita de que, con sus aviones de juguete, me recuerda a un personaje del novelista Paul Auster. El sujeto principal de Leviatán es un activista de los años 60 que se aparta del mundo y vive en una cabaña, mientras se dedica a poner bombas a las copias de la Estatua de la Libertad, símbolo fallido de una América que no pudo ser. Esa que Soth también se empeña en mostrarnos, mediante sus placas recientes e intemporales.

62) Ciudad de la ambición, por LOUIS FAURER

Soy de los que he comprado libros y discos por la sencilla razón de que me han gustado sus portadas. A veces me equivoco, como todo el mundo, pero también es verdad que mi olfato (o mejor decir mi vista) me ha deparado muchas y agradables sorpresas. Como el día que, hará cosa de tres o cuatro años, elegí una novela de Saul Bellow, autor del que no había leído nada. En la cubierta de la novela de bolsillo estaba impresa esta foto de un hombre con sombrero de ala ancha frente a un rascacielos, hecha por Louis Faurier, fotógrafo que hasta ese momento yo desconocía.

Realizada a finales de los años 40, esta foto sintetiza muy bien el espíritu de Nueva York como capital del imperio americano. Sobria en composición y elementos, tiene algo de críptica y amenazadora. La vinculo con las fotos de otros autores establecidos en la ciudad, como Robert Frank, Louis Sttetner o Saul Leiter que, como descubrí más tarde, eran conocidos del propio Faurier. Todavía me pregunto cómo es posible que un autor tan interesante sea tan poco conocido en nuestro país.

63) Dos veces en una, por PENTII SAMALLAHTI

De este fotógrafo finlandés no sólo me gustan (¡y mucho!) sus fotos, sino también su actitud vital. Para él, la toma de fotografías es un acto más de aprendizaje y conocimiento del mundo. Lo hace a su medida, sin prisas, sin grandes aspavientos ni montajes aparatosos. Sus imágenes, de un copiado exquisito, las realiza en dimensiones muy pequeñas, de unos pocos centímetros. Hay que acercarse mucho hasta ellas para poder admirar toda la riqueza de detalles.

Pentii ya es un señor maduro, muy a la finlandesa, es decir, de campo, directo y sencillo, como lo es, creo, su país y sus paisanos. Como hijo de agricultor, carpintero o cazador (casi todos los finlandeses lo son, al menos en mi imaginario) sabe esperar a que todos los elementos coincidan para lograr una gran imagen. Lo suyo no es el "instante decisivo", sino la mirada curiosa y atenta, a la espera del pequeño milagro cotidiano. Como este perro que se despereza en Helsinki, tal como lo hace el hermano árbol. Gracias, Fernando Peracho, por descubrirme a uno de mis autores favoritos.

64) El acordeonista invisible, por ROBERT DOISNEAU

Parece que nadie repare en él, que además de ciego sea invisible. Me conmueve. Me parece de las fotos más sinceras de Robert Doisneau, un autor básico en mi biblioteca. No me importa que haya sido muy criticado por montar fotos, como el famoso Beso en el ayuntamiento (a pesar de que los chicos, de verdad, se querían), un icono recuperado a mediados de los 80.

Para mi generación, que cumplió veinte años con el rescate de la fotografía humanista de posguerra, también fueron importantes el existencialismo de Albert Camus y la cultura beat de Ginsberg y Kerouac. En nuestras discotecas de habitación familiar, junto a los discos de rock?n?roll, estaban las copias en vinilo de John Coltrane, Charlie Mingus, Thelonious Monk o Dexter Gordon. A este último lo vimos actuar en la película Round Midnight, otro homenaje ochentero al mundo del jazz.

Sí, aquel "revival" de los 50, treinta años más tarde, nos sirvió de oportunidad para revivir un mundo desaparecido, ilustrado por fotógrafos como Doisneau, ojo agudo y mejor persona, según dicen. Yo me quedo con una frase que leí del francés en el libro Diálogos con la fotografía, editado por Gustavo Gili. Cito de memoria: "Siempre hay que dar. Sólo los que dan reciben".

65) La fiesta se ha acabado, por NAN GOLDIN

No es mi foto favorita de Nan Goldin, pero le tengo un cariño especial, ya que fue la primera que vi de ella, cuando su foto-libro La balada de la dependencia sexual era una novedad, allá por 1987. De esta fotógrafa me subyuga lo bien que utiliza las fuentes de luz (natural o artificial en la escena) para transmitir los estados de ánimo.

Sus instantáneas resueltas con flash directo no suelen ser plato de mi gusto, pero ésta es una excepción. Ese destello desde cámara me recuerda a las fiestas de adolescente de mi pandilla, en las que al final siempre aparecía alguien (generalmente el hermano mayor que nos prestaba el piso) y encendía las luces, decretando que la fiesta se había acabado.

Supongo que en este "party", una de las cientos a las que acudieron los amigos bohemios de Goldin hace más de treinta años, a Trixie (un travestí amigo de la fotógrafa), nadie osaría decirle que se pusiera las pilas. No me la imagino en la tarea de ventilar la casa, limpiar un vómito en el baño o adecentar al colega que se ha quedado tirado en el sofá, con cuatro o cinco cubatas (y vete a saber tú qué más) entre pecho y espalda...

66) El tatuaje del yakuza, por HORACE BRISTOL

Bristol es otro autor injustamente olvidado de la "edad de oro" de la fotografía documental. Lo descubrí de casualidad en la librería Kowasa, creo que en 1998. Compré un monográfico suyo a precio de saldo que es una verdadera maravilla. Leyendo sus páginas me enteré que acompañó a John Steinbeck en su viaje de documentación para la genial novela Las uvas de la ira. Bristol hizo fotos de las personas que inspiraron al novelista, como Tom Joad, el protagonista, o Rose of Shannon, la joven que amamanta al hambriento, en la última página del relato.

Durante Ia Segunda Guerra Mundial fotografió en campaña, para luego interesarse por la cultura japonesa. Allí documentó en 1946 las sesiones de tatuajes de los "yakuza", los mafiosos locales. Sus fotos son, para mí, equipartables a las de Eugene Smith o Werner Bischof, por poner sólo un par de ejemplos. Las depresiones nerviosas y vivir en el Extremo Oriente influyeron para que se apartase del centro neurálgico de la foto de reportaje, el eje Nueva York-Londres-París. Espero que un día de estos sea recuperado como es debido.

67) Soldados en la estación, por GUEORGUI PINKHASSOV

Es difícil seleccionar una foto de este fotógrafo ruso de la agencia Magnum, por la sencilla razón de que tiene muchísimas que me sorprenden y emocionan. Su trabajo tiene el valor añadido de un color magistral que, sin embargo, conecta muy bien con la tradición del blanco y negro. Dicho de otra manera: enlaza perfectamente la edad de oro clásica del fotodocumentalismo en blanco y negro (Riboud, Depardon, Burri?) con la fotografía actual en color (Webb, De Keyzer, Anderson...), por poner sólo algunos ejemplos de autores relacionados con la mítica agencia Magnum, de la que Gueorgui forma parte.

Pinkhassov es un autor completamente ligado a la corriente de creación rusa; viendo sus fotos me transporto al universo sutil pero muy masculino (no debiera sonar a contradicción, creo) de las películas de Tarkovski o a los poemas de Joseph Brodski. Elijo esta de la estación de tren de Moscú realizada en 1995 porque me encanta todo lo que muestra sin que se vea gran cosa. Me fascinan los trenes y estaciones; además esta foto me recuerda a mi viaje a Moscú y Leningrado, allá por 1991.

68) Naturaleza y artificio, por MICHEL VANDER EECKHOUDT

Los zoos y acuarios me producen desazón, no sólo porque las especies estén en cautividad, sino también porque son la muestra patente de la distancia insalvable creada entre los seres humanos y sus compañeros del mundo animal. Las instalaciones con líneas rectas, vidrios gruesos y luces artificiales refuerzan esta sensación. Es por ello que me atraen muchísimo las imágenes de Zoologies, proyecto de este belga al que conocí de rebote, gracias a la imprescindible colección de foto-libros de bolsillo Photopoche.

Vander Eeckhoudt, nacido en 1947, está en la corriente de los blanquinegristas europeos, la que yo llamo de "Tri-X", por la película de Kodak de textura granulienta y elevado contraste. En ella también incluiría, entre otros, a Koudelka, Gaumy, Petersen, Chamorro, Economopoulos, Kudlín o Sluban. Todos ellos saben trabajar magistralmente las líneas rectas para resolver imágenes inesperadas y, todo y así, inteligibles. Como ésta de un acuario, donde la figura humana se deconstruye y duplica, mientras que un pez parece flotar en el aire.

69) La dama de Storyville, por E.J. BELLOCQ

Poco se sabe de E.J.Bellocq, un fotógrafo de Nueva Orleans, cuyas placas de vidrio adquirió Lee Friedlander en los años 60. Su trabajo, una serie de casi un centener de retratos de prostitutas de un burdel del barrio de Storyville, realizadas en 1912, suponen una excepción respecto a la ideología dominante de la época: en lugar de mostrarlas con desdén o paternalismo cristiano (a fin de cuentas, las dos caras de la misma moneda), éstas son retratadas desde la empatía, la cercanía y la distensión. Ellas aparecen cómodas y confiadas, se muestran como personas y no como personajes estereotipados.

Las imágenes de contenido erótico de Bellocq tienen un carácter lúdico, en las antípodas de la concepción de la mujer como objeto de uso o reclamo para que te vendan cualquier cosa (perfume, lencería, o incluso detergentes), tan frecuente en la publicidad contemporánea. Elijo esta porque me hace gracia lo simpático de la pose y la expresión facial. Salvo por el peinado, la chica con sus medias de rayas me parece propia de nuestro siglo, que no de los años previos a la Primera Guerra Mundial.

70) Los dos lados del mundo, por CRISTINA GARCÍA RODERO

Tengo claro el sentir de la mujer, no así del cura que observa a la fotógrafa. Están muy próximos, pero en dos mundos completamente distintos y separados. Esta es la foto que más me conmueve del proyecto La España Oculta, quizás el trabajo más influyente de la fotografía documental española del siglo XX. No es una imagen muy representativa de este trabajo de Cristina, donde predominan las imágenes cómicas, oníricas y estrafalarias propias de un mundo, el de los ritos paganos disfrazados de fiestas cristianas, todavía presentes en la España de la Transición. Aquí hay drama, presencia literal y figurada de la muerte: la tapia del cementerio, las tumbas que se intuyen y los probables últimos años de la anciana.

No puedo dejar de asociar esta foto, tomada en la romería de Nuestra Señora de los Milagros de Saavedra, en Galicia, con Las voces bajas, un libro de memorias de Manuel Rivas. En sus páginas el novelista gallego habla de su tierra, su lengua y sus años de adolescencia y primera juventud, que tuvieron lugar, más o menos, cuando García Rodero hizo esta foto.

71) Crepúsculo en motorama, por STEPHEN SHORE

Una de las paradojas de la fotografía de calle es que muchos de sus autores de referencia, como Stephen Shore o William Eggleston, en realidad han realizado la mayor parte de su trabajo "en la carretera", que no en las calles de ciudades. Esta foto del neoyoquino es una de las excepciones. Me encanta la luz crepuscular, la referencia a un periodo ya pretérito (los años 70) y la aparente espontaneidad de la toma, como si fuera una "snap" realizada con una cámara de "apuntar y disparar".

Pero sólo es apariencia: tras una primera impresión de descuido compositivo se esconde un orden visual bastante coherente, con pesos visuales muy equilibrados. Esta foto, realizada con una gran cámara de placas de 20x25 centímetros está incluida en el foto-libro Uncommon Places. Este proyecto es, según el crítico de fotografía inglés David Campany, uno de los pilares de la fotografía americana de carretera, junto a American Photographs, de Walker Evans y The Americans, de Robert Frank.

72) Pasajeros del vaporetto, por GIANNI BERENGO GARDIN

Estoy convencido de que si Berengo Gardin fuera francés o americano, su trabajo sería mucho más conocido y valorado fuera de su país de origen, Italia. Descubrí a este maestro del documentalismo clásico gracias a una edición de Thames & Hudson, que atesoro en casa como una joyita.

De Gardin me gusta su capacidad para explorar en la construcción de la imagen (por ejemplo, utiliza los teleobjetivos admirablemente, para crear composiciones muy gráficas de planos casi superpuestos) sin que por ello se pierda el contenido de lo que está explicando. Como esta foto en el interior de un vaporetto veneciano, realizada en 1960, en la que las figuras se disponen en diferentes áreas de la imagen, ya sea por presencia o reflejo.

Ahí estaba él, mucho antes que Webb o De Keyzer u otros magos de la composición fotográfica con muchos planos de profundidad, construyendo el imaginario del norte de Italia, de forma discreta pero incontestable.

73) Desde la ventana del estudio, por JOSEF SUDEK

Viajé a Praga por primera vez en 1995. Recuerdo que por aquel entonces estaba obsesionado por seguir la huella de Josef Koudelka en las librerías de la ciudad y que me molestó la omnipresencia, casi en exclusiva, de los foto-libros de Josef Sudek. En su momento me pareció pictorialista (en el peor sentido del término), amanerado y "postalero" (que es el peor insulto que un fotógrafo de viajes puede soltarle a un colega de profesión).

Con el paso de los años y los viajes a esta ciudad, quizás mi preferida, me he reconciliado con el llamado "poeta de Praga". Creo que, sobre todo, por su maravillosa serie de imágenes tomadas desde su estudio, realizadas en los años de la Segunda Guerra Mundial, de la cual ésta es mi favorita. Me gusta imaginarme al manco Josef (perdió un brazo durante la Gran Guerra) en su pequeño mundo, ya anciano, de vuelta de todo y creando imágenes con su gran cámara de placas. Si yo fuera editor, elegiría esta foto para la cubierta de Dolor, de Vladimir Holan, un poeta praguense que relaciono con Sudek, ya que también se autorecluyó en un territorio mínimo, Kampa, la pequeña isla en el curso del río Moldava a la altura del puente Carlos.

74) El escritor en su laberinto, por JOYCE GEORGE

Una de las tareas más difíciles para un fotorreportero es la de resolver en pocos minutos un retrato de un escritor. Generalmente se recurre a "clichés" manidos, como que el literato pose con una estantería repleta de libros a sus espaldas. Excepciones a la regla son los fantásticos retratos de escritores sureños norteamericanos (Faulkner, McCullers y Capote) de Henri Cartier-Bresson, en los que aparecen "fuera de contexto".

Joyce George, autor de esta foto del novelista Paul Auster, no es, ni mucho menos, un autor tan reconocido como el precursor del "instante decisivo". De hecho (y a pesar de visitar su web), todavía no sé si se trata de un hombre o una mujer. A su foto llegué gracias a la cubierta de Cuaderno de invierno, un libro de memorias de Auster, de una sinceridad tremenda, propio de quien ya no tiene nada que demostrar ni ocultar, cumplidos los 65 años y con un buen puñado de títulos a sus espaldas.

En la foto, además de mostrar elementos emblemáticos del novelista (aparece fumando con su máquina de escribir, que todavía usa en la era del ordenador) se sugiere el ambiente de muchas novelas de Auster: espacios cerrados, inquietantes, con hombres reducidos a lo esencial en la tarea de encontrarse a ellos mismos.

75) Metal contra la piel, por BRUCE DAVIDSON

Durante un montón de años, cada vez que miraba esta fotografía me quedaba sin aliento. Me fascinaba y repelía a la vez. No paraba de preguntarme no sólo por la violencia de la escena, sino sobre todo, por la valentía (o la inconsciencia) del fotógrafo, atreviéndose a disparar con flash en un espacio cerrado, el vagón del metro.

Hace un par de navidades resolví la duda. Mi mujer me regaló una reedición de Subway, el foto-libro de Davidson dedicado a la vida y gentes del metro neoyorquino hacia 1980. Allí seguía la foto, pero el comentario del autor desvelaba el secreto: en realidad el ofensor es un policía que, luciéndose ante la cámara, reduce a un atracador que pretendía desvalijar al fotógrafo.

Por lo demás, el resto de las fotos siguen siendo geniales, ya que recogen a la perfección el ambiente del metro en una época que, además de estar plagado de grafitis y no contar con aire acondicionado, era un lugar realmente peligroso en según qué barrios y a según qué horas. Subway es un libro muy valiente, no sólo por el tema a tratar, sino también por la mirada fotográfica y la solución de problemas técnicos, como usar diapositiva en espacios mal iluminados.

76) El escalón invisible, por MARTIN PARR

Martin Parr antes del Martin Parr inconfundible. Sé perfectamente que este inglés es conocido y reconocido en el panorama internacional por sus imágenes de impactantes colores, por no decir estridentes. También tengo claro que si hoy es uno de los autores más influyentes (no sólo como fotógrafo, sino como teórico, junto a su amigo Gerry Badger) es por la potencia de proyectos posteriores a esta foto, como The last Resort o Small World. A pesar de ello, yo no tengo ninguna duda al respecto: ésta es mi foto favorita, recogida en The inconformists, su primer trabajo relevante, realizado en la segunda mitad de los años 70 y dedicado a la vida del condado de Yorkshire.

Aquí está el humor británico sumado al prodigio cotidiano de la fotografía de calle. También la influencia de Tony Ray Jones, un autor básico para entender la foto documental del Reino Unido. Además, el hombre de la escalera me recuerda a mi tío Pepe Sánchez, quien, a pesar de ser de la isla de El Hierro, para mí representa el arquetipo de inglés de clase media, con su flema británica y un coche Triumph aparcado a la puerta de su casa.

7) La mirada del legionario, por GIORGIA FIORIO

En la segunda mitad de los noventa Giorgia Fiorio revolucionó el ambientillo del fotodocumentalismo europeo. Armada con una Hasselblad de 6x6, esta joven fotógrafa turinesa (que anteriormente se había dedicado a la canción melódica) se embarcó en un gran proyecto sobre las comunidades de hombres. Además de documentar la vida de pescadores, toreros o presidiarios conmutando condenas como bomberos, Fiorio se aproximó sin escrúpulos ni ideas preconcebidas a un mundo cerrado y, en apariencia, anacrónico, la legión extranjera francesa.

Legio patria nostra es un libro magistral; no sólo recoge la dura vida de estos militares en el desierto de Sudán o en la jungla de la Guayana sino, (para mí el valor principal del proyecto), la psicología de los militares. Las fotos de Fiorio van más allá del estereotipo de los hombres duros y curtidos (por no decir brutales) y alcanzan la fragilidad y la vulnerabilidad de unas personas que huyen de un pasado, refugiándose en una hermandad colectiva. Legio patria nostra va mucho más allá que la documentación sobre esta institución militar francesa, un brazo armado de reminiscencias coloniales.

78) El artista vive peligrosamente, por JOHN GUTMANN

La historia de John Gutmann es la enésima versión del autor reinventado a sí mismo por imperativos históricos. Este alemán llegó a San Francisco a finales de 1933, huyendo del clima de persecución a los judíos impuesto por el partido nazi, ya en el poder. Antes de dejar su tierra natal, Gutmann adquirió una cámara Rolleiflex, con la que se presentó en el Nuevo Mundo como "fotógrafo", aunque en realidad era un pintor y tuvo que leer las instrucciones de uso de la cámara poco antes de desembarcar en tierras americanas.

Conocí el trabajo de Gutmann gracias a una exposición que vi en Madrid en 1990. De él tengo un libro con imágenes realizadas entre 1943 y 1954. Creo que, como Horace Bristol o Ben Shahn, está injustamente "a la sombra" de los tres autores más conocidos de los Estados Unidos del periodo de la Gran Depresión, Walker Evans, Dorothea Lange y Margaret Bourke White. El título de esta foto realizada en 1938 es el único, creo, que no me inventado para la serie de 99 fotos que me conmovieron. Gutmann lo tenía claro: en momentos claves hay que arriesgarse y apostar, o desaparecer.

9) Cachorro de líder, por MARC RIBOUD

El libro de un hombre solo, una novela de Gao Xingjian, premio Nobel de literatura, es una reflexión lúcida y terrible de la naturaleza individual condicionada por un entorno social y histórico inmisericorde. En su caso, la llamada Revolución Cultural que tuvo lugar en China a finales de los 60.

Durante este periodo, millones de personas sufrieron las consecuencias de un giro radical de la política de un país que, hasta hace poco, resultaba lejano para los occidentales. No así para Marc Riboud, que ha dedicado varios años de su vida a viajar y conocer el gigante asiático, incluido este periodo negro. La foto representa el estado mental de una nación: exaltación (ese hombre a la derecha da miedo) y desaparición de la identidad individual en aras de un ideario político, el marxista, completamente trastocado.

Según Xingjian, aquella fue una época de represión, denuncias por parte de los camaradas, de miedo y sentimiento de culpa. Creo que la imagen de Riboud, que conocí en 1979, capta perfectamente el ambiente de enajenación colectiva.

80) Ella y ella, por LAIA ABRIL

Laia Abril es un exponente perfecto de la nueva generación de fotógrafos documentales españoles. Esta barcelonesa resume los elementos característicos de una escuela del nuevo siglo, crecida al amparo de la fotografía digital. Además de su internacionalización (estudios en el extranjero, proyectos realizados en EE.UU o Inglaterra, publicaciones en inglés?) destaca por la elección de temas que verdaderamente afectan a quienes todavía no han llegado a la treintena, viven la realidad virtual como algo natural y se enfrentan a cuestiones (los trastornos alimenticios, la sexualidad) desde posiciones muy lejanas a la cosmogonía de sus padres.

En el caso de Laia, además, la mirada en torno a la nueva mujer es otro sello característico. Esta foto, del proyecto Femme Love, sobre una pareja de chicas lesbianas en Brooklyn, es cerrada en composición, pero muy abierta en contenido. Ellas sólo pueden ser ellas, pero, como la foto de Elliot Erwitt de la pareja reflejada en el retrovisor, representan a todas las personas que, en algún momento de su vida, han estado enamoradas. Ambas, por un instante, parecen sentir que el mundo se ha detenido.

81) Siesta en pareja, por VIVIAN MAIER

La historia de Vivian Maier me parece fascinante y terrible a partes iguales. Durante los últimos años hemos sido bombardeados por el aluvión de imágenes e informaciones (documental incluido) referidas a esta mujer, una excéntrica niñera que vivió una vida completamente inusual para tratarse de una mujer de clase trabajadora en el Chicago de mediados del siglo pasado.

Ella realizó, por su cuenta y en completo anonimato, miles de imágenes urbanas de una calidad equiparable a los grandes maestros de la fotografía de los años 50 y 60. Todos los del mundillo de lo que ahora se denomimna street photo hemos caído fascinados por el poder visual de Maier: las composiciones, lo original de los puntos de vista, las situaciones levemente irreales que recogía con su Rolleiflex...

Todos hemos contenido, también, el aliento por la constancia de la fragilidad del trabajo realizado; a punto estuvo de perderse, ya que fue descubierto por pura casualidad por un agente inmobiliario. Creo, asimismo, que a todos nos da rabia que mucha gente, menos ella, se esté beneficiando de su trabajo. Y todos nos preguntamos, imagino, sobre los muchos y muchas Vivians cuyos trabajos se habrán perdido a lo largo de la historia de la fotografía.

82) Corrosión en blanco, por KLAVDIJ SLUBAN

A las fotos del franco-esloveno Sluban llegué en 2006, gracias a una exposición de fotos sobre el Mar Negro que estaba colgada en el Fnac de Plaça Catalunya, en Barcelona. El local era el menos apropiado (un lugar de paso, junto a una escalera mecánica), pero, incluso así, conseguí aislarme e introducirme en un mundo para mí desconocido, el de los espacios yermos en el frío.

Años más tarde pude adquirir su libro Al Este del Este, que repaso con frecuencia. En este ensayo visual, Klavdij se interna en el territorio físico y moral de Rusia y China en una suerte de viaje hacia sí mismo, despojándose gráficamente de todo lo innecesario. Conectado con la estética (y me atrevería a decir la ética) de autores imprescindibles como Koudelka, Economopoulos, Zabalza o Ackerman, su trabajo lo relaciono también con la literatura de escritores como el italiano Erri de Luca. Es este autor quien escribe el prólogo del libro de Sluban. Sobre esta foto señala: "El fotógrafo tiene nostalgia de la nieve materna de la infancia que acolchaba su rincón de tierra, pero aquí la nieve se ha convertido en lepra blanca, no reviste sino que corroe el suelo. Su silencio oprime".

83) Marta y Naná, por ADRIANA LESTIDO

Hace cuatro años mi amigo Toni Arnau, miembro del colectivo Ruido, me trajo de Buenos Aires un libro de fotografías, Madres e Hijas, de Adriana Lestido. Este ensayo fotográfico aborda, a través del seguimiento de cuatro madres y sus correspondientes hijas, lo extenso y complejo de las relaciones, los vínculos, afectos y disputas que se dan lugar entre dos mujeres unidas por lazos de sangre.

La foto que he elegido, de Marta y Naná, refleja el amor en una relación que tiene como telón de fondo la tragedia de la desaparición de la madre/abuela durante la dictadura militar. La placidez de esta imagen no es, sin embargo, lo más frecuente en las fotos de Lestido, con una sinceridad tremenda, la fotógrafa argentina también muestra los muchos momentos difíciles que se dan en ámbitos familiares donde, entre otras peculiaridades, la figura del padre/pareja siempre está ausente. Con una economía de medios digna de elogio (un sobrio blanco y negro donde nada sobra ni falta), Adriana nos introduce en un mundo cercano y, a la vez, de difícil acceso.

84) Una calle de Europa, por HARRY GRUYAERT

Si hay un fotógrafo europeo que haya sabido adaptar el lenguaje visual del llamado "new color", ése es Harry Gruyaert. El uso de la diapositiva obliga, debido a sus limitaciones técnicas, a trabajar el color de manera que el fotógrafo debe concentrar la mirada en los puntos de luz y resignarse (o aprovechar, tal como hace este belga) a que las sombras se conviertan en territorios densos, muchas veces de una negrura laminar.

Este "medir para las luces y que las sombras se las apañen" es un rasgo característico de varios fotógrafos de Magnum, como Alex Webb, Costa Manos o el mismo Gruyaert, cuyas imágenes de color saturado han influido de manera decisiva en la actual fotografía de calle. Influencia de la cual, como fotógrafo, reconozco que yo tampoco me he librado.

La foto que he elegido de este autor es la que aparece en la cubierta de Lumieres Blanches, una antología de 1986, que encontré a precio de saldo en 2004 en Viena. Se trata de una escena urbana en Bruselas, pero para mí representa cualquier ciudad del Oeste de Europa. Siempre que la veo trato de imaginar el rostro de la mujer que aparece en primer término.

85) En el desaliento, por DOROTHEA LANGE

La imagen más conocida de esta fotógrafa es Madre emigrante, un icono que simboliza los duros años de la Gran Depresión posteriores al crack bursátil de 1929. Pero yo prefiero ésta, ya que me parece que representa a la perfección el desaliento de quien, en la desesperación, incluso da la espalda a los servicios de beneficiencia. El sombrero calado no deja ver la mirada del hombre, pero basta el serio semblante, las manos recogiéndose a sí mismas y los hombros caídos para retratar a la perfección la rabia interna, ese arrebato de dignidad de quien ya no puede esperar nada de nadie.

Dicen que Dorothea Lange, con su trabajo sobre los temporeros para la Farm Security Administration, es el mejor ejemplo de una mirada empática respecto a las personas desfavorecidas. Mi compañero Alberto Prieto también señala que la condición personal de la fotógrafa (hija abandonada por el padre, cojera producto de la poliomielitis en la infancia) es un factor a tener en cuenta a la hora de entender cómo es posible que sus fotos conmuevan tanto. Las suyas son imágenes de una época lejana que ahora se repite, por eso golpean como si estuvieran hechas hoy mismo.

86) Amor de otro tiempo, por LARRY TOWELL

Dos buenos ingredientes para poder elaborar un buen trabajo documental son el trabajar sin prisas y el no dejarse llevar por los prejuicios. Larry Towell, veterano fotógrafo canadiense, ha cumplido sobradamente con esta receta: su The Menonites, un foto-ensayo sobre las comunidades de esta minoría religiosa dispersas por Canadá, Estados Unidos y México, le ha supuesto diez años de trabajo y miles de kilómetros a sus espaldas. Este foto-libro (uno de los mejores regalos navideños que me han hecho nunca) es una maravilla de edición y trabajo de artes gráficas. En él, este miembro de Magnum muestra sin juzgar la vida de personas de fuertes creencias religiosas, con una percepción del mundo anclada a finales del siglo XIX.

Esta foto de dos jóvenes granjeros queriéndose durante una pausa en el trabajo sería imposible de realizar si el fotógrafo no se hubiera ganado la confianza de los chicos. Todo un mérito, aunque hay que reconocer que Towell, por su aspecto, tiene la complicidad ganada de antemano: él también es un granjero y, con su barba y sombrero de paja, no desentona lo más mínimo entre las personas que retrata con su Leica.

87) La condición humana, por DON McCULLIN

Una estrategia habitual en la dinámica de la guerra es la de negar la condición humana del enemigo. Para ello se alimentan bulos (sobre las barbaridades que cometen) y se esconde que, tras el combatiente, habita una persona con sentimientos, anhelos y lazos de amor y amistad. El contrincante debe ser plano, para poder ser abatido sin mala conciencia. Por eso conmueve especialmente esta foto del soldado norvietnamita retratado por McCullin, para mí uno de los fotorreporteros, junto a Philip Jones Griffiths y Larry Burrows (significativamente, todos británicos) que mejor documentaron el conflicto de Vietnam.

Lo inamovible de la presencia del cadáver queda negado por la exposición (probablemente fruto del pillaje) de sus pertenencias. La foto de su novia nos permite suponer toda una vida futura que no será posible. No me extraña que en las guerras contemporáneas se tienda a censurar este tipo de imágenes. Parafraseando el título de la novela y película de Dalton Trumbo, al ver esta foto, a Johnny se le quitan las ganas de coger un fusil.

88) Siesta en el vagón de carga, por MIKE BRODIE

Lo bueno de la fotografía documental es que, cuando se cree que todo está dicho, aparece un chaval con una mirada fresca y revoluciona un poco el panorama. Esto es lo que ha ocurrido con Mike Brodie y su diario visual Un periodo de prosperidad juvenil, en el que relata su deambular por los Estados Unidos cuatro años con la cámara analógica de su padre.

Es cierto que la épica del viaje es una constante en la cultura americana, y que las imágenes de Brodie recuerdan a muchos antecesores, como las fotos de la Gran Depresión (con sus viajes de polizones en trenes), los moteros de Danny Lyon o el universo de los "runaways" de la era punk retratado por Jim Golberg. Probablemente Brodie no era consciente, o ni siquiera conocía a sus antecesores, por lo que el resultado es un relato sincero y cándido, aunque algunas fotos muestren la dureza de la vida del "drifter" al margen de la sociedad biempensante.

La foto elegida tiene una composición tan elegante como libre de prejuicios, propia de quien ha nacido y crecido en un universo donde la imagen es omnipresente. Y para redondear el mito, queda el epílogo: tras concluir el viaje, en 2008 Brodie ha colgó la cámara para "sentar la cabeza" y estudiar mecánica.

89) Pequeño trauma infantil, por RICARD TERRÉ

Una vez me contaron que Ricard Terré realizó todas sus fotos más conocidas con tan sólo cinco carretes. Entre ellas, esta imagen tomada en la Semana Santa de 1957. Creo que expresa perfectamente el sentimiento infantil de calamidad cuando el último objeto de deseo (un juguete, o el chisme que los hace sentirse mayores) se estropea. Esta imagen del niño vestido de marinero en un mundo fragmentado de adultos representa, creo, no sólo un acontecimiento, sino toda una era: el larguísimo periodo de silencio impuesto por el franquismo.

No es casualidad que esta fuera la foto elegida para la cubierta del catálogo de la exposición de 1992 que tomaba prestado el título de la novela de Luís Martín Santos, Tiempo de silencio. En aquella muestra se recogía lo mejorcito de la fotografía española de los años 50 y 60, que tan bien conoce y ha ayudado a dar a conocer Laura, la hija de Ricard. En mi anecdotario particular debo añadir que mi ejemplar del catálogo, que compré en la librería Crisol, en Madrid, está "adornado" con unos pequeños quemones de cigarrillo en el lomo. Y es que, a principios de los noventa, todavía se podía fumar en los comercios, no sólo en los bares.

90) La capital del mundo, por ANDREAS FEININGER

Decido comentar esta imagen mientras leo El hombre del salto, de Don DeLillo. Esta novela, ambientada en los días posteriores al 11-S plantea, entre otras muchas cosas, la redefinición de Nueva York tras la caída de las Torres Gemelas. Existe todo un imaginario alrededor de la capital del mundo, conformado por películas, fotos, novelas, el relato de los que allí viven o estuvieron de paso.

Yo siento, a pesar de nunca haber estado allí, que la ciudad me pertenece, en tanto que es universal. En mi caso, las imágenes de los rascacielos de fotógrafos como Lewis Hine, Berenice Abbot o Alfred Stieglitz han sido importantes para forjar el mito. También las de Andreas Feininger, alemán emigrado a Estafos Unidos en 1939.

Este fotógrafo, formado en la Bauhaus, consigue con sus fotos que la mole de los edificios parezcan masas de una extrema densidad y, a la vez, casi evanescentes. Los recursos técnicos de esta foto en clave baja (la compresión de planos propia de un teleobjetivo, así como aprovechar una luz crepuscular, que se filtra en un ambiente brumoso) abren la puerta para que el lector pueda recrear a Nueva York como una ciudad gótica, un organismo vivo en piedra, acero y vidrio. Me encantaría usarla para la portada de una edición de bolsillo de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca.

91) El pensamiento rosa, por NILS JORGENSEN

Supongo que cada fotógrafo/a tiene sus estrategias para afrontar los momentos de desaliento o dudas respecto a su trabajo. La mía es refugiarme en el puñado de fotos callejeras de otros autores que me muestran, sin espacio a la duda, lo acertado de mi apuesta por la foto urbana. Para ello no me hace falta apelar a los grandes consagrados (Robert Frank y compañía), ni desplazarme mucho en el tiempo. El danés Nils Jorgensen, residente en Londres, es uno de ellos.

Con casi todas las fotos de este miembro de In Space Public consigo neutralizar los comentarios de mis queridos compañeros fotógrafos, críticos y comisarios que, o bien echan en falta las dosis necesarias de compromiso y testosterona en las imágenes urbanas; o que, por contra, entienden que las fotos hechas a pie de acera no son ni suficientemente artísticas ni innovadoras. No importa. Seguiré a lo mío, intentando captar algo tan fino como incontestable, un pensamiento convertido en un garabato rosa.

92) Luna Park, por WALKER EVANS

Las fotos de Walker Evans son como el buen vino, comienzas a apreciarlo en su debida dimensión a medida que te haces mayor. Lo mismo me ocurre con Paul Strand o Josef Sudek, de los que he pasado de la indiferencia a paladear sus imágenes con verdadero aprecio. Excepción a lo antes expuesto es esta imagen del Luna Park, que me gusta mucho desde 1983, año en que mi hermano Jose compró un póster de la foto para una esquina de nuestro dormitorio compartido.

Evans ha pasado a la historia del medio por sus fotos sobre la Gran Depresión, contenidas en Let us praise now famous men, foto-libro mítico recientemente editado. Sin quitarle ningún mérito a este trabajo, yo me quedo de largo con sus fotos de "bodegones encontrados", esos trozos de ciudad extraídos con la cámara. Para mí, en Walker Evans está la clave para entender casi toda la fotografía americana del siglo XX, sobre todo la corriente del No-Lugar, liderada por Stephen Shore, Joel Sternfeld y, en cierta medida, William Eggleston.

93) Cae la tarde, por GONZALO JUANES

El trabajo del asturiano Gonzalo Juanes tiene mérito por partida doble: no sólo lo realizó en los años 60, cuando el panorama cultural español era un erial, sino que, además, se atrevió a hacerlo en color, en concreto con diapositivas. Este ir a la contra se saldó con el práctico desconocimiento de su obra hasta 2008, cuando La Fábrica le dedicó un "photobolsillo", editado y prologado por Navia. Gonzalo, recientemente fallecido, tuvo que esperar a sus últimos años de vida para que el mundillo fotográfico ibérico lo colocara entre los grandes de su generación, como Masats, Cualladó o Pérez Siquier.

Yo no puedo evitar emocionarme con casi todas sus imágenes, que combinan la mirada curiosa y el documento familiar. Creo que su capacidad para sugerir ambientes y sensaciones mediante el color (en su caso, muchos tonos azulados, propios del Cantábrico) sólo es equiparable con Saul Leiter, Nan Goldin y José Manuel Navia. Esta imagen de lo que supongo que serán una madre y su hijo en un paseo, realizada en Gijón en 1967, me hace recordar los fines de semana de mi infancia, en los que salía de excursión con mis padres y mis hermanos a Aguamansa, un rincón de Tenerife.

94) Perros, cangrejos y lugareños, por CHRIS KILLIP

Una imagen cotidiana y, a la vez, algo misteriosa, donde todos los protagonistas parecen estar a la espera, al acecho de algo. Esta foto del británico Chris Killip, que recoge un momento aparentemente anodino, es, para mí, un gran ejemplo de cómo pueden ir de la mano la tradición y la búsqueda de nuevos caminos expresivos.

Realizada con una cámara de placas de 9x12 centímetros, esta foto de un rincón apartado del norte de Inglaterra sorprende por lo elaborado de su composición en profundidad y el equilibrio visual de los protagonistas (personas, perros, pero también el coche y la caja de cangrejos) en apariencia desconectados. Tiene algo de cubista (sensación de superposicíon de planos, tal como trabajan Koudelka o De Keyzer), pero es, a la vez, clásica: recuerda a fotos de grandes maestros de la primera mitad del siglo XX, como Paul Strand o Bill Brandt. Con estos últimos tiene también en común la voluntad de documento social. Killip ha retratado como nadie la cotidianidad de la clase obrera inglesa durante los años 70 y 80. Ésa que la conservadora Margaret Tatcher quiso laminar con el cierre de fábricas y minas que no eran rentables en su proyecto de un Reino Unido tory, regido por el "capitalismo popular" de la clase media.

95) La ficha policial, por WEEGEE

Se ha escrito mucho sobre la figura de Arthur Fellig, más conocido como Weegee. Incluso la industria de Hollywood se ha basado en él para una película de ficción, El Ojo Público. A mí sus fotos me provocan sentimientos encontrados. Por una parte me parecen brutales e inmisericordes; también de dudosa moralidad, ya que el fotógrafo no parece titubear a la hora de inmiscuirse en las miserias de los semejantes y utilizarlas como material para crear negocio. Por otra, muchas de ellas me parecen honestas y sinceras, muestras de la pulsión vital del Nueva York de los años 30 y 40.

Naked City, foto-libro publicado en 1945, resume perfectamente la obra de este judío armado con dos cámaras Graphicspeed, sendos flashes y, no menos importante, una radio en el coche sintonizada en la frecuencia de la policía para poder llegar antes que la competencia al lugar de los hechos. Como la detención de Anthony Esposito, en 1941, acusado de matar a un policía. Lo imperfecto de la toma (ese brazo del cámara por la izquierda), lo espontáneo de los protagonistas (los polis salvaguardando su identidad) y el parecido del matón a Marlon Brando en La ley del silencio consiguen que esta foto, magnífica y terrible, resuma todo un género, el de la fotografía de sucesos.

96) El piano como nota, por ARNOLD NEWMAN

Arnold Newman conforma, junto a Richard Avedon e Irving Penn, mi particular "Santísima Trinidad" de los fotógrafos de estudio. A diferencia de los otros dos colegas, tendentes a aislar a sus modelos en fondos neutros, Newman opta por incluir a los retratados dentro de un contexto bastante amplio, a veces recargado. Además, generalmente lo hace disponiendo al sujeto no en el centro de la imagen, sino en la periferia de la misma. Como esta foto del compositor Igor Stravinski, realizada en 1946, en la que el compositor ruso "llena" una porción pequeña de la imagen.

Si se escucha La consagración de la primavera o La historia del soldado, se entenderá lo acertado de la propuesta visual: su música es tan grande, tan bella (y quizás, difícil, por lo que se exige una escucha atenta) que lo ocupa casi todo. Por si fuera poco, hay que sumar la sugerencia de que el piano (o mejor decir, una parte de un piano de cola) podría ser una nota del pentagrama, lo que me parece una idea sencillamente genial. La toma original es una placa de 9x12 centímetros, es decir, de ratio 4/3. En este caso el recorte creo que está más que justificado, para reforzar una imagen simple y compleja. Una lección magistral de fotografía.

97) El rayo que no cesa, por RAMÓN ZABALZA

Tomo prestado el título de libro de poemas de Miguel Hernández porque creo que se ajusta a la perfección, literal y figuradamente, a esta foto realizada en 1986, portada del foto-libro Imágenes Gitanas. Ella sola concentra toda la fuerza y todo el sentido del trabajo de Ramón, otro de los grandes, pero casi ignorado, de la fotografía española del último cuarto del siglo XX.

La instantánea, tomada en un poblado gitano de la provincia de Toledo es descriptiva y a la vez onírica gracias a esa figura femenina que parece desafiar (o alimentarse) de un rayo durante una tormenta de verano. En mi ensayo Tres veces X, comento que Ramón, antropólogo de formación y mirada, terminó compartiendo su destino con las personas que retrataba. No exagero: durante casi 20 años Zabalza invirtió gran parte de sus vacaciones en seguir al colectivo gitano por toda la Península Ibérica, pertrechado con su tienda de campaña y su cámara.

El resultado es un libro único, no sólo por las fotos, sino por unos textos del propio autor, a la altura de sus imágenes. Tuve el honor de escribir la crítica del libro en El País a principios de 1996, aunque fuera en un rincón algo inapropiado, la sección Viajes.

98) El río de la vida, por SALLY MANN

Creo que la primera vez que vi al completo las fotos del proyecto Inmediate Family, de Sally Mann fue hace cosa de veinte años, en casa del fotógrafo de naturaleza Andoni Canela. Me llamó mucho la atención cómo Mann había captado con su cámara de placas el mundo de sus tres hijos durante los veraneos en una granja al sur de los EE.UU., una especie de Arcadia atemporal. Unos años más tarde entendí el porqué de la reputación de Mann como una de las mejores laborantes de su país: las copias expuestas en una edición del PhotoEspaña eran sencillamente maravillosas.

A mí todo el asunto de la controversia en América sobre lo adecuado o no de la exposición de sus hijos desnudos me cae muy lejos, ya que no veo nada sospechoso, retorcido o malsano en ello. De todo el proyecto quizás mi preferida sea ésta, La última vez que Emmet posó desnudo, realizada en 1987. Además del valor sinestésico (esas manos tocando el agua, que casi puedo sentir yo también en las mías) y la metáfora filosófica (la vida como río), me conmueve que capte ese momento que tememos todos los padres: que se rompa la complicidad y que con la mirada nos recuerden su derecho a que los dejemos en paz, que paremos de molestarlos tomándoles fotografías.

y 99) La doble espera, por DAVID SALCEDO

Elijo este díptico de la serie 1+1 de David Salcedo para cerrar 99 fotos que me conmovieron por un doble motivo: el primero es que me cautiva su capacidad para sugerir ambientes y situaciones (es una propuesta visual cerrada y coherente, pero su significación queda abierta), tal como hacen otros autores que David y yo admiramos mucho, como Bernard Plossu, David Jiménez, Ralph Gibson o Serge Clément. Con todos ellos Salcedo comparte algo que me cuesta mucho definir en palabras, sus imágenes hacen referencia a algo o alguien del mundo real, pero las fotos "son", además, algo por sí mismas.

La otra razón por la que elijo esta imagen es que este díptico podría representar el trabajo de las decenas de grandes fotógrafos de aquí y ahora mismo. Autores a los que, a lo largo de los últimos veinte años, he tenido el privilegio y el honor de echar una mano con mi opinión, ya sea en mi calidad de profesor o como editor gráfico. Con todos/as ellos/as he aprendido un montón. También me han ayudado, y mucho, a comprenderme a mí mismo a través de algo en apariencia tan banal, pero tan importante, como es la Fotografía. Así, con mayúsculas.

Barcelona, noviembre 2014- febrero 2015

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